El término poder deriva de la palabra latina posse.
Por entonces, con esa palabra se aludía a lo posible, y su actual traducción equivaldría a otra palabra: potencia
También admite otra acepción: posibilidad, en cuanto a la posibilidad concreta de realizar un cambio.
Para Aristóteles posse era potencia, pero entendida fundamentalmente como movimiento.
Para los griegos, la libertad (eleuthería) era entendida como “yo puedo” y estaba íntimamente relacionada con la libertad de movimiento.
Si en cambio buscamos hoy la definición en el Diccionario de María Moliner encontramos:
PODER: fuerza para dominar o influenciar a los otros.
Y sus sinónimos son: poderío, dominio, potestad, autoridad, mando.
Este cambio tan sustancial en las definiciones tiene su historia.
Desde el principio de los principios la palabra poder tuvo siempre dos acepciones:
Posibilidad ( podría) y Cambio (puedo)
Esto significa que todo poder está marcado por dos factores:
ACCION: marca el ritmo del presente, pero se impulsa desde el pasado, inmediato o no.
TENDENCIA: determina el presente en cuanto futuro.
También, y en este sentido, está determinado por dos fuerzas:
UNA ACTIVA: relacionada con la capacidad ¿cuánta potencia hace falta para...?
UNA PASIVA: en cuanto facultad: ¿qué puedo hacer con la potencia que tengo?
El poder activo ya es poder.
El poder pasivo es un poder aún no ejercido.
Por lo tanto el poder es concebido como algo dinámico, complejo y, fundamentalmente, influenciable.
Recién los pensadores modernos asocian el término con otra idea: la fuerza.
Fue en 1946 cuando Andrew Paul Ushenko escribió su tratado Power y desde entonces el término obtuvo la connotación de dominación. La fecha no es casual. Power es hijo de la Segunda Guerra. Encarna una ilusión: la del poder inamovible, inapelable e inmutable.
Jerárquico.
Militar.
Para el profesor José Luis Alvarez, doctor en Administración de Empresas de Harvard y director del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa de Barcelona la organización del poder ha cambiado al ritmo del capitalismo moderno.
La mafia italiana no se diferencia mucho de la empresa tradicional: está organizada vertical y jerárquicamente. Un esquema similar al de los narcos colombianos o la Yakuza japonesa: son organizaciones piramidales. Pero los tiempos y los modelos empresariales han cambiado. “La organización moderna es una red, eficaz e independiente, interconectada solo cuando es necesario, con capacidad para actuar en muchos países y colaborar entre sí o con terceros. Desarticular una célula nunca implica llegar a desmontar la red. De igual manera, el fracaso de un negocio en determinado mercado no implica que la corporación entera sufra las consecuencias” explica el doctor Alvarez.
El fenómeno de organización en red comenzó a gestarse en los años 80 y los modelos procedían fundamentalmente de Asia, luego en Italia (los Benetton, por ejemplo) y por último en Silicon Valley, el centro mundial de la llamada nueva economía virtual.
Este tipo de organización descentralizada es el que adoptaron las grandes corporaciones para lograr flexibilidad, competencia, fusiones, acuerdos de comercialización, nuevos mercados. Y todos los movimientos de resistencia que comenzaron a operar a escala mundial.
“Una red es una constelación de unidades o personas mínimamente conectados. Es decir, una organización poco formal, poco estandarizada y básicamente horizontal o lateral donde los procedimientos de actuación no están escritos e incluso con poco conocimiento del alcance total de la red por parte de sus componentes”, explica José Luis Alvarez.
El centro de este tipo de organización nunca está claramente definido para ninguno de los miembros. Su tarea es sostener y distribuir. Puede ubicarse en cualquier punto de acuerdo a las necesidades estratégicas del momento, ya que no hay necesidad de emitir órdenes desde un centro. Los objetivos pueden ser fijados e informados desde cualquier lugar y circulan por toda la red. Lo importante son los nodos (puntos de la red), las conexiones, porque aquí no hay cabeza, aún cuando este tipo de organización genere y promueva líderes. No uno, sino varios, interactuando y potenciándose.
El doctor Alvarez señala que, comparativamente, así han operado las células terroristas del fundamentalismo islámico. “Es una triste e inimitable ventaja de los integristas” –asegura- contar con la motivación adicional de un credo en común. Las organizaciones empresariales, en cambio, deben conformarse con la terrenal aspiración de ganar, cada día, más dinero.
Fue también el impulso de la fe lo que llevó a las comunicaciones a vencer las limitaciones de espacio y tiempo.
Cuando Samuel Morse transmitió, en 1884, por primera vez un mensaje por cable, escribió:
"¿Qué nos ha dado Dios?"
Morse desarrolló su método con la intención de "liberar a la ciudad de Nueva York de sus impurezas" y para difundir la prédica moral de su periódico El Journal of Comerce a toda la ciudad.
En la investigación realizada por Roger Filder en su libro Mediamorfosis al explicar el impacto de las nuevas tecnologías detalla, entre otras cosas, cómo y por qué fueron concebidas como una red las comunicaciones que hoy representan los modelos de poder y contrapoder que están en juego.
Aunque el término "ciberespacio" fue utilizado por primera vez en 1984 por el escritor William Bigson en su novela de ciencia-ficción Neuromancer, el lenguaje digital nació mucho antes.
El sociólogo francés James Beniger sostiene la hipótesis de que la sociedad informática comenzó a gestarse en la década de 1840 como resultado de la crisis de control provocada por los ferrocarriles y otros medios de transporte a vapor. ¿Qué tienen que ver los trenes con las computadoras? Mucho, sostiene Beniger, porque fueron los trenes los que pusieron de manifiesto lo único que requiere una tecnología para nacer, desarrollarse y expandirse: una necesidad social.
La necesidad social que expresó la llegada de estos medios de locomoción es la de poner en sincro la producción industrial con la distancia. Desde aquellos primeros trenes hasta este boom de Internet la sociedad capitalista no ha estado haciendo otra cosa, sostiene Fidler. De eso se trata la Mediamorfosis.
El segundo elemento clave fue la aplicación de la electricidad a las comunicaciones. Las comunicaciones umplugged -por así decirlo- eran lentas y distantes. Cuando se descubrió que la corriente eléctrica podía transmitir mensajes a través de circuitos diseñados especialmente, la historia cambió. Fue el comienzo de la comunicación instantánea y el primer eslabón del lenguaje digital.
La primera aplicación práctica de este lenguaje digital se realizó en 1804 en una máquina bordadora del empresario francés Joseph-Marie Jacquard. Las señoras de más de 40 años podrán informarlos de qué se trata, si en sus roperos atesoran aún esos coloridos puloveres, sin sospechar que hoy pueden ser cotizadas piezas de un Museo de la Sociedad Digital: ellos fueron los primeros beneficiarios de un programa de computación. Los tejidos jacquard fueron resultado del primer uso conocido de la programación por tarjetas perforadas, sistema que luego fue aplicado a las computadoras.
En 1843 el matemático inglés Charles Babbage incorporó la idea de tarjetas perforadas al diseño de una máquina analítica. Su método era el siguiente: usar un conjunto de reglas (programas) para dividir un problema en pequeños problemas que se pudieran resolver fácil y rápidamente y luego reunirlos para encontrar una solución conjunta. A las máquinas que hacían estos cálculos se las llamó computadoras.
En esto trabajó Babbage hasta su muerte, ocurrida en 1871. Y fue una de sus colaboradoras la que completó el trabajo y creó el primer programa de computación en lenguaje digital. Regístrenlo bien, porque nadie menciona su nombre cuando se habla de este tema. A pesar de llamarse Ada Agusta Byron y ser nada menos que la única hija del famoso poeta inglés Lord Byron y a pesar de que, años después, la primera computadora militar se llamó Ada, en honor a esta dama, verdadera madre de la tecnología digital.
Fue el canadiense Marshall McLuhan quien en 1962 habló de la aldea global para definir los efectos de la información trasladada a la velocidad eléctrica. El se refería a la tevé, aunque ya había nacido el primer ordenador electrónico digital de gran escala, financiado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. Su finalidad: recalcular rápidamente tablas de artillería. La máquina fue construida en Pennsylvania en 1946 y medía treinta metros de largo por tres de alto y pesaba 30 toneladas. A partir de entonces comenzó una batalla destinada a adelgazarla. Se logró recién en 1972 cuando aconteció el parto tecnológico del microprocesador.
LA ALDEA DIVINA
Lo que hoy conocemos como Internet no tiene presidente, ni dueño ni gerente. No tiene, en realidad, ni pies ni cabeza. Es un entretejido, como lo eran aquellos pulóveres de Jacquard que representan mejor que nada el mapa genético de Internet. Un entrejido con infinitas redes interconectadas.
Internet nació en 1969, en plena Guerra Fría con una intención clara: permitir la comunicación horizontal. Sin establecer cabecera ni posición de mando. Los que la construyeron partieron de una hipótesis digna de Murphy: algo puede fallar y fallará. Es decir, se basaron en idear un sistema poco confiable y que, aún así, pudiera seguir funcionando. Lo que querían es que, aún cuando alguna de las partes conectadas fuese atacada por una bomba nuclear - idea muy de moda en la Guerra Fría- el sistema pudiese seguir enviando y recibiendo mensajes. Al no establecer cabecera -o centro de mandos- no fijaban un blanco estratégico.
Para asegurarse que los mensajes pudieran ser transmitidos, los diseñadores evitaron el modelo de poder castrense centralizado y optaron por uno democrático: el postal. Es decir, no crearon una estructura piramidal (subordinado/mando), sino epistolar ( remitente/destino).
El diseño de poder que representa Internet se simplifica -sin desmerecerse ni deformarse- si se lo piensa a partir de la idea que tuvieron sus creadores: es un rápido y eficaz correo. Alguien va a una oficina postal -la más cercana- deriva un sobre que, a su vez, es enviado a otra oficina postal regional que la entrega a la subestación más cercana al domicilio del destinatario. Por último, es responsabilidad del cartero que el sobre llegue a las manos del agraciado. Cada uno de estos pasos necesita de una mínima información para ejecutarse eficaz y correctamente. Ni al remitente ni a los trabajadores postales les interesa ni les importa saber por qué caminos llegan los mensajes. Mientras lleguen.
Cuando el mundo occidental se sacudió en Seattle con las protestas de los movimientos antiglobalización – es decir, con su capacidad de acción que, como vimos, es uno de los factores determinantes del poder en cuanto tal- el sociólogo polaco Zygmunt Bauman ya lo había imaginado como una consecuencia inevitable.
Veamos por qué.
“La empresa pertenece a las personas que invierten en ella: no a sus empleados, ni a sus proveedores, ni a la localidad en donde está situada”. Con esta frase Albert J. Dunlap, famoso “racionalizador” de empresas modernas, resumió así su credo en un artículo publicado por Times. Dunlap no se refería tan solo a la propiedad de las empresas, sino a la poca importancia que tenían el resto de los nombrados para ellas.
Este es el punto de partida del libro de Bauman titulado La globalización, consecuencias humanas, uno de los primeros ensayos sobre el poder actual, su complejidad, sus tendencias y sus consecuencias.
Bauman asegura que el último cuarto del siglo pasado será conocido en los libros de historia del futuro como los tiempos de la Gran Guerra de la Independencia del Espacio. “Lo que sucedió en su transcurso fue que los centros de decisión y los cálculos que fundamentan sus decisiones se liberaron consecuente e inexorablemente de las limitaciones territoriales, las impuestas por la localidad.”
Esos inversores de los que hablaba Dunlap, únicos soberanos de las empresas globales no están en ningún lado. “Pueden comprar acciones en cualquier bolsa y a cualquier agente bursátil, y la proximidad o distancia geográfica de la empresa será probablemente la menor de las consideraciones al tomar la decisión de comprarla o venderla.” Por consiguiente, trasladan sus intereses “allí donde descubren o anticipan la posibilidad de mejorar dividendos y dejan a los demás –que están atados a la localidad- las tareas de lamer las heridas, reparar los daños y ocuparse de los deshechos. La empresa tiene libertad para trasladarse, las consecuencias no pueden sino permanecer en el lugar. Este es el botín más importante de la victoriosa guerra por el espacio”.
El poder recupera así una de las condiciones aristotélicas: el movimiento. “En el mundo de la posguerra por el espacio, la movilidad se ha convertido en el factor estratificador más poderoso y codiciado por todos, aquel a partir del cual se construyen y reconstruyen diariamente las nuevas jerarquías sociales, políticas, económicas y culturales de alcance mundial”, señala Bauman.
Esta capacidad de movimiento es la que le permite a los inversores desconectarse, en un grado inédito, de las obligaciones que siempre y hasta ahora impuso el ejercicio del poder. Al decir de Bauman, se libera nada menos que de “el deber de contribuir a la vida cotidiana y la perpetuación de la comunidad”. Al calcular la efectividad de una inversión ya no es necesario tomar en cuenta el coste de afrontar las consecuencias.
Esta movilidad incluye y se deriva de los capitales líquidos, en contraposición con los capitales sólidos que lo arraigaban geográficamente a una localidad determinada. Así de livianos y transportables, esos capitales “tienen poco problemas para liar sus maletas y partir en busca de ambientes más acogedores, es decir, maleables, blandos, que no ofrezcan resistencia.”
Para Bauman esto significa no el Fin de la Historia, tal como lo vaticinó Francis Fukuyama, sino el Fin de la Geografía. “Las distancias ya no importan. Lejos de ser objetiva, impersonal, física, establecida, la distancia es ahora un producto social. Su magnitud varía en función de la velocidad empleada para superarla y en una economía monetaria, en función del coste de alcanzar esa velocidad.”
Así las cosas, los indicadores de espacio y tiempo pierden importancia. También pierden su significado el aquí/allá; exterior/interior; cerca/lejos; categorías todas que sirvieron, entre otras cosas, para medir la potencia, es decir, el poder de enemigos o aliados, pero también de nociones culturales tan determinantes como la de comunidad, nacional, extranjero, desconocido o conocido.
Bauman coincide en que la historia moderna se ha caracterizado por el progreso constante de los medios de transporte. Pero fue el transporte de la información lo que puso en evidencia que ya no hacía falta ningún desplazamiento físico para estar instantánea y eficazmente en cualquier parte del globo.
Desde el punto de vista de categoría cultural, por así decirlo, hasta hace relativamente poco tiempo la organización del espacio seguía respondiendo a patrones corporales. El combate era cuerpo a cuerpo; las charlas, cara a cara; se trabajaba hombro con hombro y los cambios se producían paso a paso.
El desarrollo vertiginoso del transporte de información reorganizó el espacio de manera técnica, artificial. La distancia se mide por el costo del uso de los medios de transporte. Está nueva organización del espacio impuso otro tipo de concepción de poder. Un poder sin territorio, pero que domina este mundo en el que muchos –demasiados- carecen de todo tipo de movilidad. No se trata sólo de quedarse en el lugar, sino de la imposibilidad de desplazarse a voluntad, de tener acceso a otros lugares y de aspirar a otro tipo de distribuciones.
¿Cómo redefine el concepto de lo político esta nueva forma de poder?
“En la generación anterior la política social se basaba en la creencia de que las naciones y dentro de estas, las ciudades, podían controlar su fortuna; ahora se abre una brecha entre política y economía”, advierte Bauman, citando a Richard Sennett. Esto significa, concretamente, que mientras la economía –es decir, el capital o sea el dinero o los recursos necesarios para poder hacer cosas- se desplaza rápidamente, los gobiernos y autoridades tropiezan con los escombros que estos vertiginosos movimientos dejan en el territorio en donde ellos están irremediablemente anclados. “Aquello que se mueve con velocidad similar a la del mensaje electrónico está prácticamente libre de las restricciones relacionadas con el territorio dentro del cual se originó, aquel hacia el cual se dirige o el que atraviesa de paso”. Para ser aún más didáctico con las consecuencias prácticas de esta afirmación, Bauman cita un artículo de The Guardian en donde se informa:
“El conglomerado sueco-suizo Asea Brown Boveri anunció que reducirá su mano de obra en Europa occidental en 57.000 puestos de trabajo. Por su parte, Electrolux anunció que reducirá el 11% de su plantel global. Pilkington Glass también anunció recortes significativos. En sólo diez días, tres firmas europeas han eliminado puestos de trabajo en una escala comparable por su magnitud con las cifras mencionadas en las recientes propuestas de los gobiernos francés y británico sobre creación de empleo. (...) Si la industria europea occidental se está desplazando masivamente hacia fuera del continente, las discusión sobre cuál es la mejor política oficial para enfrentar el desempleo parecen más bien incongruentes.”
Es interesante el relato histórico que resume Bauman para trazar el estado actual de las cosas.
“Antes de la caída del bloque comunista, la situación mundial era contingente, errática y caprichosa, pero su naturaleza estaba oculta por la reproducción cotidiana del equilibrio entre las potencias mundiales. (...) Cada cosa tenía su significado y éste derivaba de un centro dividido, pero único: el de los dos enormes bloques trabados, aferrados, unidos en combate mortal. Superado el Gran Cisma, el mundo ya no presenta el aspecto de una totalidad, parece más bien un campo de fuerzas dispersas y desiguales que se cristalizan en lugares difíciles de prever y adquieren un impulso que en verdad nadie sabe detener. En pocas palabras: se diría que nadie controla el mundo. Peor aún: en estas circunstancias no está claro qué significaría controlarlo.”
Esta sensación de que las cosas se van de las manos, que exceden la racionalidad política tradicional, es evocada con un término que nadie sabe exactamente qué significa: globalización. A decir de Bauman este término expresa el carácter indeterminado e ingobernable de los asuntos mundiales. El nuevo desorden mundial.
En este marco, los estados nacionales poco y nada tienen para hacer. Han perdido no solo su potencia, sino también sus posibilidades de actuar. Dice Bauman: “La soberanía legislativa y ejecutiva del Estado moderno descansaba sobre un trípode: la soberanía militar, económica y cultural. (...) Durante medio siglo y hasta hace pocos años, sobre ese mundo parcelado por los Estados soberanos se superpusieron dos bloques de poder. (...) La superestructura política de la era del Gran Cisma ocultó las abdicaciones más profundas y –como se sabe ahora- importantes y perdurables del mecanismo de creación del orden”. Entre las grietas que dejó ese combate, una vez desaparecidos los contrincantes, se colaron los capitales. Ahora, las tres patas están rotas, pero la “rotura de la pata económica es la más rica en consecuencias. Perdida la capacidad de equilibrar las cuentas, guiados sólo por los intereses expresados políticamente por la población dentro de su área de soberanía, los Estados nacionales se convierten cada vez más en ejecutores de fuerzas sobre las cuales no tienen la menor esperanza de ejercer algún control.”
Cita para probarlo los cálculos realizados por el economista francés René Passet: las transacciones financieras puramente especulativas entre monedas alcanzan la cantidad de 1,3 billones de dólares diarios, un volumen cincuenta veces mayor que el del intercambio comercial y casi igual a los 1,5 billones de dólares que suman las reservas de todos los bancos nacionales del mundo. “Ningún Estado –concluye Passet- puede resistir más allá de unos pocos días las presiones especulativas de los mercados.”
En este marco “la única tarea económica que se le permite al Estado y se espera que éste cumpla es mantener un presupuesto equilibrado al reprimir y controlar las presiones locales a favor de una intervención más vigorosa en la administración de los negocios y en la defensa de la población ante las consecuencias más siniestras de la anarquía del mercado”, concluye Bauman.
En consecuencia, la libertad de movimientos y la falta de restricciones dependen, básicamente, de la fragmentación política. “Se podría decir que tienen intereses creado en los estados débiles, es decir, en aquellos que son débiles pero siguen siendo estados. Esta debilidad estatal es lo que necesita el nuevo desorden mundial para sustentarse y reproducirse.(...) La fragmentación política y la globalización son aliadas estrechas y conspiran juntas."
Desregulación, liberalización, flexibilización, alivio de la presión impositiva y de las cargas laborales son los pasos básicos para producir el efecto buscado. “A medida que se aplica esta pauta con mayor consecuencia, el Estado que la promueve pierde poder y, con ello, la facultad de dejar de aplicarlo si es que lo deseara o sufriera presiones en ese sentido”.
En el último capítulo transcribe la frase que enfureció a Pierre Bordieu y lo llevó a escribir un ensayo sobre la otra cara de la realidad económica globalizada. La frase pertenece a Hans Tietmeyer, presidente del Banco Federal Alemán y dice así:
“Lo que está en juego hoy es crear condiciones que despierten la confianza de los inversores. Y para alentarlo a invertir se requiere de un control más estricto del gasto público, una reducción de la carga impositiva, una reforma del sistema de protección social y desmantelar la rigidez del mercado laboral.”
Esta frase fue el pie para que Bordieu escribiera una artículo sobre las cárceles del estado de California.
La cárcel como metáfora de la forma máxima y más drástica de restricción espacial.
Es decir, la contracara perfecta de la movilidad del capital es esa fortaleza en donde están confinados los que no tienen lugar en esta tierra no- geográfica. A eso reduce hoy Bauman la función de los estados nacionales: a la aplicación de la leyes penales que son, por supuesto, territoriales. No alcanzan, entonces, para perseguir delitos financieros trasnacionales. “Construir más cárceles, elaborar nuevas leyes que multipliquen el número de violaciones punibles mediante prisión, obligar a los jueces a agravar las penas son medidas que aumentan la popularidad de los gobiernos. (...) En el mundo de las finanzas globales, la tarea que se asigna a los gobiernos estatales es poco más que la de grandes comisarías.” Sin embargo, los delitos empresariales no llegan a la justicia y a la luz pública sino en unos pocos casos extremos. Si trasladamos lo que dice Bauman al folklore de denuncias criollo, a lo sumo de señala a quienes cobran las coimas, nunca a quienes las pagan.
Como síntesis de esta mirada sobre la realidad podríamos releer la definición que Bordieu dio sobre el poder en su libro Meditaciones Pascalianas, escrito en 1997:
“El poder absoluto es el poder de volverse imprevisible y prohibir a los demás cualquier anticipación razonable, de instalarnos en la incertidumbre más absoluta, sin dejar asidero alguno a la capacidad de prever”.
Casi una premonición, si se tiene en cuenta que el Premio Nobel de Economía 2001 fue recibido por quienes acuñaron la teoría de la llamada “información asimétrica”. Entre los fundamentos dados por la Academia sueca puede leerse que el trabajo de los premiados “aportó el núcleo duro de la teoría económica moderna, la que sería impensable sin el componente de la información asimétrica”. Una teoría que se basa en el estudio del funcionamiento de los mercados financieros cuando los agentes no disponen todos de la misma información para la toma de decisiones. El más famoso de los tres premiados, Joseph Stiglitz, fue jefe de asesores del ex presidente norteamericano Bill Clinton y luego vicepresidente del Banco Mundial hasta 1999. En este cargo pudo ver desde adentro la imposición de recetas económicas que impusieron privatizaciones, apertura de los mercados y ajustes fiscales en los países emergentes. Dejó el cargo, formuló críticas al FMI (“En teoría, el FMI sostiene instituciones democráticas en los países que asiste. En la práctica menoscaba las instituciones democráticas imponiendo sus políticas. Sus remedios empeoran la situación transformando las caídas del nivel de actividad en recesiones y las recesiones en depresiones”.) y recibió luego el Nobel por haber descubierto a fines de los `70 que el poder absoluto lo construye y lo conserva quien sea capaz de obtener más y mejor información, pero también quien controle, mida y valore qué información obtienen los demás. Para compensar culpas, escribió un libro en donde detalla la mediocridad y brutalidad de los funcionarios de los organismos internacionales de los que participó y, muy preocupado por la situación Argentina, la visitó dos veces y escribió sobre su debacle muchas más. Fue quien señaló a nuestro país como un ejemplo de lo que sucede si se aplican a rajatabla las recetas elaboradas por los centros económicos del mundo global.
Pero la teoría original de Stiglitz sigue siendo su gran aporte, si se parte de la hipótesis contraria: si concentrar información ha sido la clave de esta acumulación imperial de poder, hacerla circular es también una manera de debilitarlo.
Cuestionar este modelo de poder pasa, en gran medida, por la cantidad y calidad de la información con la que contemos y seamos capaces de hacer circular para que más gente pueda no solo hacer previsiones futuras, sino lecturas del presente que ordenen y racionalicen el caos. Reducir esas asimetrías reduce, simétricamente, los márgenes de la incertidumbre.
No significa que aritméticamente se simplifiquen los problemas, sino todo lo contrario. “Viendo” su complejidad, tornándola visible, es al menos posible reconocer tanto a los míseros y como a los miserables.
¿Cómo hacerlo?
Bauman en su prólogo nos advierte:
“Formular las preguntas equivocadas suele contribuir a desviar la mirada de los problemas que realmente importan. (...) Formular las preguntas correctas constituye la diferencia entre someterse al destino y construirlo, entre andar a la deriva y viajar.”
Hacer las preguntas correctas, aún cuando las respuestas no lo sean, es nuestra tarea.
Y nuestra potencia.
Comencemos, al menos, a pensarlas.
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