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Ensayo

La ciencia política que debemos construir

Iván Lazcano

La ciencia política como la conocemos actualmente, no la politike tekne de Aristóteles, es la ciencia social más joven y tal vez por ello es que ha entrado en crisis, como adolescente que es. Ha entrado en crisis porque ha perdido el rumbo, pero sobre todo porque ha desatendido sus fundamentos. Con base en la publicación del ya famoso ensayo de Giovanni Sartori, se ha declarado abierta la discusión en torno al estatuto científico de la disciplina, pero también, por el otro lado, en mi consideración más importante aún, se ha puesto el dedo en la llaga, al evidenciar la inutilidad real de la disciplina. Evidentemente, las reacciones no se hicieron esperar, tanto de los expertos, como de los que se dicen serlo. Pero la respuesta inicial de aquellos que se sienten aludidos, como lo ha evidenciado César Cansino es de descalificación.

         La existencia de una ciencia refleja la presencia de una necesidad. En este sentido, las ciencias se separan de manera radical de las distintas filosofías. En efecto, el conocimiento científico de la física o de la química u otras ciencias llamadas “duras” está respaldado en el anhelo de poder adquirir un conocimiento que represente una utilidad a la humanidad. En este sentido, es claro como la ciencia da origen a la tecnología, aun cuando sea un logro a largo plazo. En todo caso, el objetivo es ese. En las ciencias sociales parece que este camino no es del todo claro. Menos aún para la ciencia política.

         El problema de la ciencia política podemos rastrearlo también en el origen de su configuración actual. Hay que recordar que hasta comienzos del siglo XX, la ciencia política y el derecho (específicamente el constitucional, que en otros lugares se le adjetiva como político) estuvieron confinados a un mismo objeto, este es el de las leyes que daban origen a las instituciones políticas. Esto es lo que se conoce como el viejo institucionalismo. Lo que importaba para obtener un buen gobierno era tener buenos diseños institucionales. Esta era la preocupación de Aristóteles al hacer su comparación de las constituciones, o de Montesquieu al diseñar la separación de poderes. Al darse cuenta de que este enfoque o aproximación a los problemas no bastaba se dio el cambio al lado opuesto. Ya no importaban los diseños institucionales, que por lo demás, se consideraban altamente normativos, de lo que se trataba era de estudiar el comportamiento efectivo. De ahí, el conductualismo (behaviorism), y junto con ese viraje del objeto de estudio, vino de la mano el cambio en la aproximación. Con ello vino el nacimiento o auge de los métodos cuantitativos y verificables como lo son las encuestas. En este sentido son clásicos los trabajos de Lazarsfeld, Berelson y McPhee, así como el de Almond y Verba. Todo esto claro está, sobre la base de una nueva forma de interpretar la realidad política que se prestara más a esta aproximación, que es la del sistema político de David Easton, dejando atrás la institución política por excelencia: el Estado.

         Sin embargo, en ello podemos ubicar dos problemas para la naciente ciencia política. El primero es que por la tendencia que fueron adquiriendo cada vez más los trabajos de ciencia política, se dejaba entrever que para conseguir el objetivo de la vida buena, era más importante una buena sociedad que un buen gobierno, o al menos su diseño. En este sentido es claro el golpe a la ciencia política, pues después de todo significa una utilidad marginal del objetivo final de toda sociedad. El segundo problema, es en torno a la autonomía explicativa de la disciplina. Pero la lucha ahora ya no era contra el derecho, sino contra la economía y la sociología. Sobre ello, fue claro como durante el siglo XX, la preeminencia del socialismo marxista, cimbró los fundamentos de la disciplina pues sostenía que la explicación última de los fenómenos políticos estaba en la subestructura económica. Pero por otro lado, la sociología, encontraba siempre la explicación de los fenómenos políticos, como el de los partidos, en fundamentos propios de su campo. Problema este último que sigue presente e inadvertido para muchos, que antes de hacer ciencia política, cultivan sociología política. La diferencia está obviamente en encontrar las causas en criterios estrictamente políticos. En este sentido Giovanni Sartori, ha intentado encontrar explicaciones a los problemas de los sistemas de partidos y por consiguiente de los sistemas políticos, no en cuestiones sociológicas, o no en primer instancia como sucede claramente en Maurice Duverger, sino en cuestiones del diseño mismo, como lo es el del sistema electoral.

         Por otro lado se encuentra el problema de la generación de predicciones futuras merced a teorías sólidas. Este problema, viene de atrás, y para no variar tiene su origen en la disputa con la historiografía. Esta disputa tiene más claramente su origen en la economía con la llamada Methodenstreit, es decir, la disputa del método. Pero aunque tiene su origen en la economía es un problema compartido con las demás ciencias sociales, puesto que se halla no en el objeto de estudio sino en el estudio del objeto. Por un lado, los historicistas señalaban la negación de que se pudieran presentar leyes generales pues los hechos son únicos y propios de su lugar de origen. Por otro lado, estaban quienes señalaban la posibilidad de encontrar patrones recurrentes de comportamiento que brindaran la posibilidad de crear teorías y de ahí, generar predicciones. Ocupación que por lo demás ya encontramos desde Maquiavelo.

         Estos son algunos de los problemas ante los cuales se ha enfrentado la ciencia política y de los cuales ha podido salir airosa. Sin embargo la aproximación cuantitativa del conductualismo, ha terminado por crear más problemas. Estos tienen su origen en el la aproximación misma. Al dar una importancia radical a la cuantificación del conocimiento político, nuestra disciplina ha convertido más importante el “cómo” que el “qué”. Esto es, el qué estudiar se ha supeditado al cómo estudiarlo, en la medida que éste último nos delimita aquello que se puede hacer de esa forma. Por lo tanto queda fuera de un posible estudio aquello que no se puede estudiar como la metodología “científica” lo dicta. Y con ello, nos alejamos de lo realmente trascendental del saber político, para hundirnos en lo trivial, banal e inútil del saber, o mejor dicho de la información. Los grandes problemas se dejan de lado puesto que estos no son cuantificables. Contemplando así a la ciencia política que Sartori, llamó como el “gigante con pies de barro”.

         La ciencia política con la producción de conocimiento inútil ha caído en la aprobación del orden existente, escondida en una malentendida y falsa avaloratividad (wetfreiheit). Esto es así porque no toca los temas de fondo del orden político, y simplemente se limita a estudiar y sacar estadísticas de cuestiones superficiales, que en la mayoría de los casos tienen escaso contenido de información sus aportaciones teóricas, para hablar en términos popperianos. Uno de los avances de la disciplina, representado por la irrupción del positivismo, estuvo en separarla de los valores, pues se hacía más ideología o doctrina que ciencia. Pero con ello se castró a la disciplina de la posibilidad de contener una orientación moral. En este sentido, la avaloratividad debe estar más en el proceso de la investigación que en la finalidad. En este sentido la ciencia política debe ser una ciencia legitimada social y sobre todo moralmente, en la medida en que su saber está orientado hacia el descubrimiento de aquel conocimiento que nos haga posible vivir mejor, si no carece en mucho de sentido. No es casual que la ciencia política y la democracia como forma de gobierno sean una pareja habitual de nuestro quehacer intelectual. Es así por que la misma ciencia política, al menos hasta el día de hoy, ha encontrado en la democracia, para decirlo con Churchill, a la peor de las formas de gobierno, con excepción de las demás.

         Por lo tanto, el lugar donde podemos ubicar con mayor claridad la forma en que se hace ciencia política es con su objeto de estudio predilecto: la democracia. La ciencia política de mitad del siglo XX, retomando el camino trazado por el economista austriaco Joseph Schumpter, entendió a la democracia como  un proceso que pone en disputa a varios grupos políticos por la consecución del mayor apoyo popular representado por los votos, o para decirlo con Robert Dahl: una poliarquía. Esta es la teoría realista de la democracia según estos autores. Sin embargo, al echar mano de una teoría empírica de la democracia con tal orientación más verificativa de la realidad y débilmente normativa dejó de lado las amplias posibilidades de lo que podría representar esta forma de gobierno, para dejarla en lo que hasta el momento mejor ha existido. Actualmente la ciencia política intenta reivindicar el camino con la nueva corriente de “calidad de la democracia”, la cual está fundamentada en una teoría de la democracia mucho más completa, que no sólo toma en cuenta la disputa abierta entre elites o grupos, sino que pone más acento en los ciudadanos y en el control que estos tengan efectivamente sobre los primeros. Sin embargo no se separan de esta tendencia cuantitativista que tanto daña a la disciplina.

         Es tarea de la ciencia política el producir una teoría adecuada de la democracia que incorpore muchos más elementos y características de valor, pues como acertadamente dijera Pasquino, el encanto que nos produce la democracia, no proviene sólo de sus reglas frías, mecanismos impersonales o estructuras sin alma, sino que halla su origen en los ideales por los cuales muchos han luchado. Pero esta es una tarea que debe hacerse con cuidado, pues de lo contrario terminamos por edificar utopías que producen su mayor daño al descalificar todo aquello bueno que realmente pueda existir porque se aleja de lo ideal. Sumamente complejo, pero más, cuando en las aulas no enseñan a construir conocimiento, cuando la facultad de ciencias políticas es utilizada como instrumento de formación política para atraerse de beneficios personales con la bandera de hacer un bien a la sociedad, en lugar de formar creadores de conocimiento, o al menos mentes críticas pero inteligentes, no ieológicas.

        
Recordemos que como lo dijera Aristóteles primero, y Marx después, aunque desde diferentes premisas, el conocimiento de la realidad es para modificarlo. Es por ello que la ciencia política debe ser práctica y por lo tanto útil. De otra forma estaremos confinados al saber inútil. Más aún la aproximación a la política estará entre el comentario político del día a día y a la torre de marfil de la discusión política elevada inentendible e inútil. Finalmente, la ciencia política cae en una paradoja pues se reivindica como ciencia en la medida en que se separa de los juicios de valor, y entre ellos los contenidos ideológicos, pero es esta misma pretensión de cientificismo exacerbado de la disciplina, lo que termina convirtiendo esto último en su más sagrado dogma.