Una visita por el barrio 23 de enero

En definitiva, no es lo mismo apreciar una noticia que vivirla. Como siempre y desde hace semanas, los medios de comunicación electrónica mexicanos han sacado de contexto y desinformado sobre las reformas constitucionales que el presidente de Venezuela pretende concretar.


Para no variar y perder la costumbre, las palabras “dictadura” y “dictador” no dejan de ser las predilectas para definir el proceso de cambio político que sucede fronteras adentro del país sudamericano. Dichas modificaciones constitucionales van a ser sometidas a consenso entre la población; de aprobarse serían por medio de un referéndum en el cual la gente elegiría entre un y un no. Democracia participativa y directa. El domingo 2 de diciembre es el día marcado para dichas votaciones. ¿Cuál dictadura, entonces?

Prácticamente se está convocando a otra asamblea constituyente dada la cantidad de artículos en espera de ser reformados. El más sonado por la prensa internacional, y quizá el único, es aquel que permite la reelección presidencial indefinida con periodos de siete años cada uno. El caso del semi-presidencialismo francés que permite la reelección perpetua del jefe de Estado parece no motivar mucho el debate con relación a Venezuela. Fuera de su contexto y con el objeto de procurar desinformación, Chávez es un dictador con miras a quedarse eternamente en el palacio de Miraflores en tanto que el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, quien puede reelegirse de manera continua e ilimitada, no se nombra como paradigma reeleccionista. Lo que tampoco se dice ni por error es que los cambios a la carta magna venezolana también contemplan abrir más el compás de participación ciudadana por medio de la figura de los consejos comunales. En total, los artículos por ser modificados suman 69. Inútil y aburrido sería hablar de cada uno de ellos y de los efectos que para bien y para mal tendrán en la normatividad económica, laboral y política de los ciudadanos venezolanos.

Digamos que dentro de los artículos más importantes que serán reformados están: el 184º, que le otorga la transferencia de la administración de los servicios públicos a las comunidades; el 87º, que por primera vez le dará seguridad social a los trabajadores independientes (buhoneros, pequeños comerciantes, etc.); el 90º, que reduce la jornada laboral; el 70º, con el cual los trabajadores y trabajadoras son también gestores de las empresas públicas donde laboren; entre otros. De todos, los más relevantes son el 141º que le da regulación jurídica a las misiones sociales del gobierno (Barrio adentro, Negra Hipólita, Sucre, Robinsón I, Robinsón II, Ribas, Vuelvan caras, Zamora, Milagro, Mercal, etc.) así como el 136º con el que se eleva a rango constitucional la figura del poder popular. De esto último, es importante hablar de los consejos comunales. Los consejos comunales son las células representativas del poder popular que a escala local configuran de abajo hacia arriba el ejercicio de poder. Nada se aprueba si los consejos comunales de determinado lugar no lo han discutido previamente. Desde el primer triunfo electoral de Chávez en noviembre de 1998, se ha venido privilegiando la discusión pública y la participación directa de la gente en los asuntos del gobierno. La idea ha sido, con todo y sus fallas, crear una nueva geometría del poder, siendo el intento de democracia participativa su motor principal.

Visitar Venezuela en plan de observador político ayuda a poner las cosas en su justo medio. Sólo así, uno se logra formar una idea más o menos clara de lo que sucede. Alguien con dos gramos de objetividad y criterio, por más simpatía o antipatía que sienta por el presidente Chávez, se dará cuenta del tamaño del cerco mediático que vive el gobierno venezolano por parte de las principales cadenas comunicativas norteamericanas, de la televisión española y, en el caso mexicano, de nuestro duopolio televisivo. Lo más palpable es el nivel de discusión y politización que hay en la sociedad venezolana. Todo lo contrario de lo que pasa en países como Chile o Argentina en los cuales tanto la dictadura pinochetista y la Concertación como la era menemista en el caso argentino, dejaron una ciudadanía despolitizada y acostumbrada a una participación rutinaria que se reduce momentánea y exclusivamente a las urnas cada determinado tiempo. Hasta inicios de la presente década, el acta de defunción del llamado fin de las ideologías aún era válida. Un caso ejemplar en América Latina es Chile; lo que quedó en el país cono sureño después de la dictadura y de la inacabada transición a la democracia, además del miedo inicial a otro golpe de Estado, es una política castrada de toda emotividad discursiva y sentido de pertenencia y militacia a un partido u organización. Un ejemplo son los acartonados discursos del gobierno concertacionista. En la actualidad, países como Venezuela o Bolivia oxigenan el debate sobre las ideologías. Es impresionante observar el grado de participación de la gente en la vida pública. No se puede afirmar que absolutamente toda la población de Venezuela esté en el debate pero por lo menos sí es notorio que una considerable parte de la gente se reúne, discute o tiene alguna opinión. En este sentido, los medios de comunicación han jugado un papel importante. La diferencia entre una ciudadanía participativa y una conformista reside en la pluralidad de los medios de comunicación con los que tengan contacto.

No hay democracia sin opinión pública y a propósito está Venezuela. El sonado caso de RCTV, otra tergiversación mediática, nos muestra que dicha televisora, a la que no se le renovó el permiso, era una entre muchas. Sigue habiendo canales y estaciones de radio opositoras al gobierno y de intransigente postura, lo mismo que también existen televisoras oficialistas y otras de reciente creación, éstas de carácter comunitario. Se democratizó la televisión y las estaciones de radio otorgando concesiones a todos aquellos que tengan el equipo para transmitir. El resultado es que si existen televisoras o radioemisoras de distinta orientación, éstas orienten determinada postura política. Desde el señor que prepara arepas en un restaurante hasta el taxista tienen una apreciación articulada, de acuerdo a su status educacional, de por qué están a favor o en contra de Chávez. De todas las personas con las que uno podría platicar, sería raro encontrar alguna que se mantenga neutral al tema político. Mayoritariamente, en mi visión personal, el grueso de la gente aprueba algo del gobierno, lo cual no quiere decir que necesariamente esté a su favor. Sin embargo, Chávez tiene poco más del 60% de aprobación ciudadana.

Lo llamativo de la actual coyuntura venezolana, más allá de la controvertida e histriónica personalidad de Chávez, es analizar la actitud de la gente con respecto a lo que sucede en la esfera pública. En el presente, Venezuela resulta políticamente interesante. Se puede estar a favor o en contra de la Revolución Bolivariana pero no se puede hacer a un lado el hecho de aceptar todos los cambios que han ocurrido de manera casi acelerada en los últimos 8 años de un gobierno que ha oscilado de un discurso nacionalista hasta uno de supuesta inspiración socialista. Opinión general entre los seguidores de Chávez se ha vuelto la afirmación de que en los 40 años de la partidocracia que sucedió a la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, los dos partidos que se turnaron el poder de 1958 a 1998, AD y COPEI, poco hicieron para asistir a la gente más pobre y construir obra pública si se les compara con todo lo que se ha realizado a lo largo de la V República que nació a raíz de la asamblea constituyente de 1999. Tal sentencia tiene algo de cierta aunque también deberíamos considerar que precisamente la justificación histórica que diera en sus orígenes el chavismo, respondió a la urgencia del pueblo venezolano por un cambio radical en la vida política, económica y social del país. La inocultable corrupción (problema que hasta la fecha sigue), el descrédito total de la clase política y crisis sociales e institucionales como las de febrero de 1989 y de 1992 hicieron que hubiera una suerte de rebelión electoral que le diera a Chávez un amplio margen de triunfo en 1998. Incluso, gente que hoy está en la oposición y que disintió de la trayectoria ideológica que ha tenido el presidente en su momento votó por él.

Regresando a la idea anterior, el más atractivo de todos los cambios ocurridos en Venezuela es el de la cultura política. En el futuro, los historiadores van a debatir sobre el fenómeno Chávez. Ya me imagino las discusiones acerca de la significación que a nivel popular tuvo y tendrá el chavismo. Un fenómeno muy similar a éste, con su debida distancia, lo fue el peronismo en Argentina. No hablemos del componente de masas que en ambos movimientos políticos podría fungir como común denominador. Hasta la fecha, para muchos argentinos de distintas generaciones, la figura de Perón es recordada como la del general nacionalista que se enfrentó a los grupos oligarcas de la época, dignificando a las clases trabajadoras por medio de una importante legislación social. Aumento salarial, prestaciones, nacionalización de rubros clave de la economía, otorgamiento de créditos familiares, entre muchas otras reformas, fueron las principales pautas del peronismo en su primera época. Los paralelismos entre el peronismo y el chavismo, sobre todo en lo que toca a la trascendencia que tuvo en determinados sectores sociales, son innegables; es obvio que ambos fenómenos tienen diferencias claras y contextos históricos que los separan. No obstante, en los años peronistas, el apoyo al general Perón por parte de las clases trabajadoras era abrumador; la clase media se dividía y los sectores acomodados, salvo los empresarios favoritos del régimen, eran contrarios al gobierno. En la Venezuela de inicios del siglo XXI, ocurre algo parecido. El chavismo ha generado en los sectores afines a él un vínculo en el cual sus miembros se asumen como la esencia del pueblo mismo mientras que la oposición  pasa a ser la oligarquía aliada al imperialismo. Para que haya cohesión interna, el discurso oficial ha recurrido a la construcción de un enemigo que es en parte real y en parte imaginario. El propio presidente, emisión tras emisión, es quien ha dicho como son los oligarcas y cuáles son sus estrategias desestabilizadoras llegando a afirmar que el verdadero jefe de la oposición es George W. Bush. Es inobjetable que el gobierno norteamericano a través del Departamento de Estado apoya a los opositores; así mismo, fue evidente la complicidad del imperialismo con los golpistas en abril de 2002. Lo que también es inobjetable es que hay un uso sobre-ideologizado de la hostilidad norteamericana y de las fallidas estrategias que sigue la oposición frente al apoyo masivo del pueblo llano y de algunos sectores focalizados de la clase media al presidente. Los errores de una oposición frustrada y venida a menos por su activa participación en el golpe de estado vienen a ser los grandes éxitos de Chávez. No en balde desde el oficialismo se les denomina bajo el apelativo de “escuálidos”. En la marcha del 4 de noviembre a favor de la reforma constitucional, se pudo ver la magnitud del arrastre y del poder de convocatoria que tiene el primer mandatario venezolano sobre las masas. Un día antes, el 3, había tenido lugar un meeting de sus adversarios. Para la jornada siguiente, estaba programada una concentración oficial. Una era pequeña junto a la otra.
Las marchas del chavismo no sólo constituyen un acto político. Me quedó con la impresión de que el gobierno ha creado adherencia y simpatías por medio de la cultura. Ignoro si así sean las reglas de sociabilidad política en los países caribeños pero eso fue lo que se pudo observar el día 4, desde el medio día hasta entrada la tarde. Avenida Bolívar se convirtió en escenario de fiesta y jolgorio el domingo 4 de noviembre; las manifestaciones chavistas traen impregnado el sabor caribeño que el venezolano respira a diario. A ritmo de salsa y de música típica, tanto en escenarios callejeros como en camiones de plataforma, mujeres exuberantes y alegres conjuntos musicales van bailando y animando al público militante. Todo lo anterior se completa con el carisma del comandante en jefe; el efecto de la labia presidencial al momento de los discursos públicos es incandescente entre los simpatizantes. Uno concluye, después de entrevistar algunos de sus partidarios, que lo importante para muchos es el grado de movilización que el presidente ha logrado despertar en las masas a fin de darle cauce a los notables logros de la denominada Revolución Bolivariana. No pocos asumen que su deber es defender lo que el sui generis socialismo bolivariano les ha dado: asistencia médica gratuita, educación a distintos niveles, alimentación, apertura cultural, vivienda, etc. Significativo fue haber escuchado en diferentes voces que el gobierno de Chávez ha sido el que más ha ampliado el presupuesto en cultura. Caracas es ejemplo vivo de ello. Actos como un concierto de ska o de latin jazz en plaza Bolívar, una feria internacional del libro en Parque del Este o un Festival de culturas afroamericanas, entre otra docena semanal de eventos, hacen que la capital venezolana adquiera una vida cultural que antes no tenía. No puede pasar desapercibido ante los ojos del foráneo que Caracas es un permanente espacio de expresión muralista donde confluyen en cada rincón un afiche político, un graffiti o una expresión pictórica sobre una pared. Tengo la idea de que hay cierto aire o dejo de parentesco con lo que fue Santiago de Chile muy a principios de los años 70 pero esta vez en versión tropical. El eclecticismo discursivo del chavismo se refleja en los muros caraqueños: en un mismo espacio se capta la imagen del Che Guevara, de Bolívar, de Sucre, de Guaicaipuro o del mismo Jesucristo. Visto así, no es extraño que haya personas que, sin saber poco o nada de teoría política o de historia, se identifiquen con el gobierno pues los íconos que éste maneja en su discurso tienen una honda significación en el imaginario social y en la memoria histórica, que, no está de más aclarar, no son lo mismo que la verdad histórica.

Uno de los barrios más concurridos de la capital venezolana es la parroquia (colonia popular) 23 de enero. Los mismos habitantes del lugar la denominan como una ciudad dentro de otra ciudad. Lo peculiar del 23, está en su gente. Es de los lugares más activos y politizados de Venezuela, no sólo de Caracas. Viniendo por la carretera, desde el aeropuerto de Maiquetía hacia la ciudad, el 23 de enero es lo primero que se puede vislumbrar de la capital venezolana. Casas de ladrillo sobre los cerros y bloques habitacionales de gran tamaño componen un laberíntico paisaje urbano. Un visible y nada discreto mensaje político con letras rojas que posa sobre uno de los edificios multifamiliares de la parroquia ayuda a deducir, sin saber mucho sobre la geopolítica interna de la ciudad, que el 23 es bastión chavista: “Rumbo al socialismo bolivariano”.

Internarse en el barrio y recorrerlo en compañía de una de sus vecinas más populares, la compañera Daxis, constituye prácticamente una experiencia de turismo antropológico. Charlar con la gente, ver cómo vive y acceder a las zonas donde sociabiliza sirve para entender el por qué la gente apoya y quiere ciegamente al presidente, a su comandante. Se puede estudiar y darle seguimiento desde la prensa mexicana a la situación en Venezuela pero al final lo que vamos a tener es una mediación. Inclusive estando en el país caribeño y teniendo contacto con los sujetos sociales que componen la marea roja, lo que tendremos será una visión del fenómeno y, aún así, se reduce al ámbito urbano. Haría falta ir al campo y a la costa para conocer el otro lado de la moneda chavista. De todos modos, es mejor ir al lugar de los hechos para formarse un criterio que quedarse en las especulaciones que a uno le provocan las noticias del periódico, que vienen a ser las más nutridas sobre el asunto. Es por los diarios y no por las televisoras que desde México, me he notificado de las políticas sociales del gobierno con relación a los sectores más pobres. En la televisión, la información sobre Venezuela es para afirmar que el “dictador” Hugo Chávez ya hizo o ya tornó a las pobres víctimas de la oposición. Estas pobres víctimas que golpean estudiantes afines al gobierno dentro de las Universidades públicas o que no pierden oportunidad para generar inestabilidad y arruinar la imagen presidencial en el plano internacional. Su estrategia los deslegitima internamente, dándole la razón al presidente. Pese a sus desmanes, Chávez ha respetado su derecho a que expresen repudio por él. No le come nada, sabiendo los niveles de popularidad y aprobación que tiene. Si algo puede hacer el extranjero que tenga duda de la libertad de expresión en Venezuela, basta prender la tele y comprobar que hay canales privados, antichavistas, que son duros con sus críticas al ejecutivo.

Regresemos al punto anterior, el recorrido por el 23. Tomando la línea 1 del metro caraqueño, el descenso es por la estación Agua Salud, aunque también pasan por la parroquia las estaciones Caño amarillo y Gato negro. Saliendo de la estación Agua salud, se toma un colectivo que pasa por las oficinas de la municipalidad. Me acompaña una inspectora de la prefectura de Caracas, por cierto, una de las encargadas de la oficina de los consejos comunales, Yolimar. Un día antes me había hecho un recorrido por la Universidad Bolivariana de Venezuela, semillero ideológico del régimen. En esta ocasión, tuvo la amabilidad de contactarme con la compañera Daxis, que es la encargada de atención al maltrato infantil en la zona correspondiente al 23. El primer lugar de la visita está a pocos metros de la oficina, una casilla de tickets. La encargada se dedica a vender tiras con 60 boletos de transporte público para estudiantes a precio de 3000 bolívares, o sea poco más de un dólar (al tipo de cambio oficial) por utilizar el transporte  urbano a lo largo de un mes. La titular de la ventanilla, que también es alumna de nivel profesional, me comenta que esa no es la única protección con la que cuentan los estudiantes en Venezuela. Al transporte público subvencionado hay que sumarle comedores gratuitos que ofrecen almuerzo y cena dentro de las Universidades, seguro médico con medicinas y servicios de mayor envergadura (intervenciones, terapias, embarazos, etc.). Ya antes, en la ciudad andina de Mérida, los organizadores y participantes venezolanos del IV Encuentro Latinoamericano de Estudiantes de Historia me habían hablado de las garantías que en calidad de estudiantes gozan. Los comedores universitarios existían desde hace tiempo pero ha sido en tiempos más recientes que se han construido más y que han ampliado el servicio. Me pregunto si en algún otro sistema universitario de América Latina o Estados Unidos existen tantas ventajas para la juventud como las hay actualmente en Venezuela. En la primera semana del mes corriente, la cadena norteamericana CNN alertaba de una imaginaria represión policíaca contra los estudiantes pero no de las cosas a las que tienen derecho. El día viernes 16 por la noche, entre gritos de júbilo y desquite a las afueras de la biblioteca principal de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, los jóvenes universitarios de oposición habían ganado las elecciones internas de representantes, entre las que recuerdo, las de la Facultad de Economía y de Medicina. En estos comicios estudiantiles, el chavismo fue minoría. ¿Cuál dictadura, entonces?

Varios metros más adelante de la ventanilla expendedora de tickets, junto a uno de los bloques de departamentos, se encuentra una casita octagonal de ladrillo de 50 metros cuadrados que constituye uno de los más de 2500 módulos que forman la misión Barrio adentro. Barrio adentro es el nombre que se le dio al programa gubernamental inaugurado en 2003 por el presidente Chávez y que cuenta con la participación de 10,000 médicos cubanos y 1000 venezolanos; el objetivo es atender a las barriadas más pobres de todo el país que durante años tenían que trasladarse desde los cerros y zonas marginales hasta la ciudad o pueblo más cercano para ser atendidos. Teniendo como telón de fondo un pizarrón decorado con las banderas de Cuba y de Venezuela, así como una foto de sus respectivos jefes de Estado, me platicaba el médico cubano encargado del lugar que los sectores sociales más vulnerables ya no tienen que poner dinero de su bolsillo en la adquisición de medicamentos. La consulta puede llegar a incluir la receta con las medicinas y se extiende a todos aquellos que la necesiten, sin distinción de clase u origen. Si algún extranjero o persona extraña al lugar se siente mal o requiere de atención médica, los encargados de cada módulo están dispuestos a atenderla. Si la enfermedad o urgencia de la persona atendida necesita de algo que esté más allá de lo que se pueda hacer en el consultorio de Barrio adentro, entonces se le traslada a un hospital en el cual tampoco se le cobrará un quinto por la ayuda médica recibida. Medicina general, odontología, primeros auxilios y prevención de enfermedades son las tareas diarias del personal encargado de laborar en las misiones. No es mucha la distancia que separa a un modulo de otro dentro de los populosos suburbios donde pueden ubicarse. La gente le está muy agradecida al Estado por la atención y la calidad de la misma; “hace años, nunca hubiéramos pensado que un doctor iba a subir hasta los barrios para atender a los vecinos”, fue la contundente respuesta que recibí de parte de un señor que salía de ser atendido cuando le pregunté qué pensaba de la misión.  Ahora, el médico ya no nada más sube sino que vive en la comunidad, en la parte de arriba de la casita de ladrillo. El horario de Barrio adentro es hasta la una de la tarde, si mal no recuerdo, pero en caso de que llegara a ocurrir una emergencia por la noche o después del horario de atención, el médico ahí está para servir a quien lo requiera. Los logros, me baso en lo que me dice el doctor encargado, han sido positivos pues se han prevenido enfermedades, curado a mucha gente y, de paso, levantado el animo de la población. Nadie puede afirmar en Venezuela que no tiene acceso a un servicio médico digno y de mediana calidad, cubana por cierto. El gobierno manda cada año a cientos de estudiantes becados a Cuba para que se capaciten con la intensión de que a futuro puedan remplazar a sus colegas isleños que prestan servicio en la tierra de las arepas y el buen ron. A cambio de la ayuda, Venezuela le vende petróleo barato a la isla.

La siguiente parada de la visita por el 23 toca a una de las tiendas de la misión Mercal, otro programa del gobierno por medio del cual se asiste a la población en materia alimenticia. De gran éxito, por cierto. Después del golpe de Estado contra Chávez en abril de 2002, la gente de la oposición dueña de expendios comenzó a esconder los productos para generar carestía y responsabilizar al gobierno de la situación; también aprovecharon para especular con las cosas que tenían a la venta y que declaraban como escasas. Ante dicha situación y al año siguiente, el gobierno contestó con un programa que asegura el derecho a la alimentación a los sectores más desfavorecidos, que fueron los más afectados cuando ocurrió el paro petrolero que encabezó la oposición y que paralizó al país por varias semanas.

Mercal tiene como objetivo la comercialización de alimentos y productos de primera necesidad para ser expendidos al público en general, aunque primordialmente a las familias de menores recursos. En las sucursales de Mercal se pueden comprar exactamente los mismos productos y de la misma calidad que podrían encontrarse en cualquier supermercado; la diferencia está en los precios pues en los segundos las cosas son más caras. El bajo costo de la comida, las medicinas y demás enseres de limpieza vendidos en las unidades de Mercal,permiten que haya un considerable ahorro en la economía familiar de los venezolanos más humildes. Al igual que en la misión Barrio adentro, no se le niega a nadie el acceso y el derecho a consumir en los mini-supermercados de Mercal. Según me decía el encargado de la sucursal que visité, se observan catervas de clasemedieros que vienen a hacer su mandado por lo barato de las cosas. Charlando con otro miembro del personal de la misma tienda, un estudiante de medio tiempo que trabajaba de almacenista, me vuelvo a enterar que con frecuencia, hasta la gente de clase alta compra en los Mercales.

Por poner un ejemplo, un kilo de pollo en los establecimientos del Estado cuesta 1900 bolívares, en cambio si vamos a un supermercado de una cadena privada el precio asciende a 5400 bolívares. El slogan del Dr. Simi, “lo mismo pero más barato”, se aplica muy bien a la tarea que cumple la red de tiendas Mercal.
Hacia las tres y media de la tarde, regresamos a las oficinas municipales. Me despido de Yolimar pero quedo en espera de que Daxis termine un par de asuntos pendientes en la oficina. En vía de mientras, hago una interesante espera. Me comunican con el jefe encargado del lugar, con quien paso poco más de media hora en una plática-entrevista, Lisandro Pérez. Paso a su amplia oficina sobre la que reposa una pasarela de cuadros y retratos que van desde Marx, Fidel Castro, el Che Guevara, el presidente Chávez, la virgen María y un crucifijo.  Estalactitas de papeles y libros quedan a sus espaldas, sobre las que se distingo textos de filosofía y uno que se titula Chávez nuestro. Lisandro Pérez es popularmente conocido en el barrio como el compañero Mao. De trato amable y firmes convicciones, me platica que él junto con otras personas fue fundador, hace varios años, de la guerrilla urbana Tupamaros. Influenciados por la guerrilla uruguaya de inspiración guevarista, tomaron el mismo nombre. Entre las interrupciones de su secretaria que le lleva documentos para que los firme, me cuenta, con relación a la organización, que Tupamaros es uno de los cincuenta y tantos conjuntos políticos que viven en el 23. De pasar a ser un grupo que en su momento expropiaba camiones de comida para repartirlos entre las comunidades pobres, en la actualidad Tupamaros ejerce la función de seguridad ciudadana en la zona. Si algún malandro (delincuente) o persona extraña está causando conflictos en el lugar, en determinado momento, Tupamaros se encarga de entregarlo a las autoridades. El compañero Mao me afirma que el 23 es uno de los barrios más seguros de Caracas por la comunicación que hay así como por la vigilancia que despliegan los propios vecinos. Durante el tiempo que estuve de visita en el 23, no noté la presencia de policía alguno. El montaje y organización de actividades deportivas y culturales ha neutralizado, aunque no extirpado, la criminalidad. Por otro lado pude observar, más allá de lo que me dijo el compañero Mao, que se conjuga la misión gubernamental Negra Hipólita con la cual se han rescatado de las calles a miles de jóvenes drogadictos y menesterosos. De todos modos y a pesar de estas medidas, la delincuencia todavía es una de las preocupaciones centrales del gobierno y de las principales críticas de la oposición. En materia de seguridad, el 23 ha sido una clase de laboratorio en el cual son los vecinos los que cuidan y prevén el delito. Cada bandera colocada en lo alto de algún bloque habitacional significa que es zona liberada de la violencia y la venta de drogas. Aún faltan los cerros y otros lugares del barrio por recuperar. Prácticamente, lo que se está haciendo es tratar de gobernar y administrar una ciudad enquistada dentro de la capital; lo que me llama la atención son las formas de hacerlo. Fue llamativo haber visto el grado de autonomía de la gente frente al gobierno en la resolución de los problemas más inmediatos que aquejan a la comunidad. Lo que el Estado hace es dotar los servicios y la gente quien los administra. En ese sentido, los consejos comunales y las organizaciones sociales de base han jugado un papel importante.

Terminado el encuentro con el compañero Mao, prosigo la visita. Ahora tomamos rumbo, en compañía de Daxis, hacia las instalaciones de la Coordinadora Simón Bolívar, otra organización barrial. Durante el trayecto me fue imposible seguir de frente y no pararme cada dos minutos a tomarle una foto a los graffitis de contenido político que abundan por todo el 23. Auténticos espacios de expresión al aire libre. Todos los héroes latinoamericanos están representados en algún muro del 23, desde Simón Bolívar, el más pintado, hasta Emiliano Zapata. Al llegar al edificio de la Coordinadora Simón Bolívar, un antiguo cuartel de policía, una de los miembros de la organización, al parecer amiga de Daxis, nos recibe con un cordial saludo y nos invita a pasar. La Coordinadora Simón Bolívar es un colectivo que en los últimos años ha participado activamente del proceso político venezolano juntando a los vecinos de la parroquia para que debatan, se reúnan y discutan sobre los asuntos públicos de su incumbencia. Además de lo anterior, otra de sus funciones ha sido la orquestación de actividades culturales y esparcimiento. Las oficinas de la Coordinadora tienen en el primer piso una popular estación radiofónica local, Al son del 23, donde se transmiten noticias, información de última hora, mucha música salsera y programas de debate. Por las limitaciones de tiempo, desgraciadamente me fue imposible pasar a conocer las instalaciones de radio pero no la parte de abajo, en dónde me enseñaron un laboratorio de cómputo de gran tamaño, el infocentro La cañada, con máquinas de último diseño e Internet de banda ancha. Todo al servicio de la comunidad y, como lo he visto en las misiones de Barrio adentro y Mercal, también de todos aquellos que lo necesiten sin distinción de clase o lugar de pertenencia. El responsable del laboratorio, Wilfredo Bermúdez, me cuenta que en un principio el espacio era un módulo de la policía metropolitana que se creó en los años 50 con motivo de la dictadura de Pérez Jiménez. Pareciera que el 23 quedó muy marcado por la presencia de dicho cuartel policial pues llegaría a escuchar más de una vez, que era la policía quien pautaba la venta de drogas, la extorsión y el crimen en general. En ese momento caí en la cuenta de por que no había gendarmes en la parroquia.

Wilfredo me aclara en tono burlón que era un nido de hampones, un lugar de avanzada gubernamental desde el cual se vigilaba y reprimía de cerca a un barrio tan movilizado como siempre lo ha sido el 23. En realidad, el sitio donde actualmente se ubica la Coordinadora Simón Bolívar no tiene mucho tiempo que se conformó. Al principio de la charla, me aclaran que el edificio aún guarda cierto ambiente viciado. Quien sabe cuantas torturas, desapariciones y crímenes se cometieron en el lugar. De dos años a la fecha fue que se inició el proyecto cultural, radiofónico, deportivo y recreativo Casa de encuentro bolivariana Freddy Parra. A grosso modo, el objetivo es dotar de todas estas actividades a la gente del barrio, más que nada mantenerlos informados y en contacto con la cultura. De todo lo que escucho, lo que más me interesó, aunque no pude pasar a conocerla físicamente por falta de tiempo, es la estación de radio. Ésta sirve para coordinar proyectos y actividades culturales y deportivas entre todas las organizaciones de base del 23. Ahora pasamos al tema de las computadoras, junto a las cuales llevaba a cabo la charla-entrevista. El laboratorio de cómputo, me sigue platicando Wilfredo con toda naturalidad frente a la grabadora, se instaló como respuesta a una carencia comunicativa de los vecinos. No toda la gente del lugar tiene acceso a Internet desde sus casas, así que, satisfaciendo una necesidad de la cual es casi imposible eludir en estos tiempos, las organizaciones del barrio se juntaron y recurrieron al Ministerio de Ciencia y Tecnología para pedirle ayuda. La mencionada dependencia gubernamental, a petición de los vecinos y a través de los colectivos (entre ellos la Coordinadora Simón Bolívar), suplió la falta de equipo. En lo que antes era el estacionamiento del cuartel policial, ahora hay un centro de cómputo con tecnología de punta. La idea era instalar una especie de cyber café, público y gratuito.
Para cuando terminamos de charlar, ya pasaban de las siete de la tarde y aún faltaba conocer a la gente del colectivo Alexis Vive. Al grito de ¡Patria, socialismo o muerte…venceremos!, los miembros de la Coordinadora con los que estuve platicando terminan de darme sus visiones y experiencias. Me despido con la promesa de seguir en contacto. Ahora tomamos camino hacia el siguiente lugar del recorrido, el último. Daxis, que conoce bien el barrio, me acorta el trayecto sugiriendo que subamos por uno de los cerros que nos sacaría directo al lugar donde se reúnen los miembros del colectivo. Al final del camino, nos topamos con una cancha de fútbol cuyas paredes están tapizadas de murales con motivos bolivarianos. Saliendo de la cancha y cruzando una unidad habitacional salimos a una de las calles principales del 23. Después de caminar largo trecho por fin arribamos a la zona del colectivo. Lo más notorio es un enorme mural alegórico de la última cena en la cual, en lugar de apóstoles, se encuentran los líderes revolucionarios más relevantes de la historia mundial y de América Latina. Al centro destaca la figura de Jesucristo y a los lados departen, en la misma mesa, las figuras del Che, Bolívar, Fidel y hasta radicales como Lenin. Un extraño cóctel revolucionario. Cualquiera que escuche o lea detenidamente algún discurso del presidente Chávez podrá notar la aportación de alguno de ellos. No hay una lógica discursiva. Todos en algún momento pueden servirle en sus inspiradores alocuciones, depende de la ocasión. Si el motivo es evocar el espíritu anti-imperialista, se cita a Fidel o al Che; si se habla de unidad latinoamericana, entonces la figura idónea es el padre de la patria. No se puede hablar de una esencia chavista, éste no tiene una ideología rígida y con estatutos. El socialismo bolivariano tiene más las características de un nacionalismo popular que un hijo de la Internacional Socialista.

Después de apreciar y tomarle fotos al mural urbano de esta peculiar última cena revolucionaria somos atendidos por otro amigo de Daxis, Joaquín Crespo. Tomamos asiento en una mesa que está a las afueras de una tiendita de abarrotes en la cual compramos un pan dulce para mitigar el hambre de fieras que traíamos después de llevar todo el día caminando sin bocado. Terminado el descanso prendo la grabadora. Joaquín es un activista del colectivo Alexis Vive, otra de tantas organizaciones sociales que articulan el movimiento bolivariano en el 23. Debo confesar que de todas las personas que entrevisté y grabé, la plática que tuve con él fue la más interesante. La charla giró en tornó al barrio a través de la historia venezolana de la última media centuria. También hubo tiempo para contarme quién era Alexis, el responsable nominal del colectivo: un rememorable luchador social venezolano que llevó una vida medio aventurera participando en las campañas alfabetizadotas de la Nicaragua sandinista y que, hasta antes de su muerte en abril de 2002 en el sinistro cuartel policial en el que acababa de estar hace una hora, tomó parte intensiva a nivel local dentro del proceso político venezolano para el que actualmente es un héroe popular en la memoria colectiva.

El 23 lleva su nombre por motivo del día en que tumbaron a Pérez Jiménez del poder. La dictadura pérezjimenecista fue la más represiva que el pueblo venezolano recuerde; el día que fui abajo del puente de las fuerzas armadas, uno de los que cruza avenida Urdaneta, en busca de una novela sobre dicho periodo, Se llamaba SN de Juan Vicente Abreu, la señora librera a la cual le compré el libro me dijo, haciéndome la plática, que su padre no había llegado a conocer la democracia porque fue una de las tantas víctimas de aquel régimen. Más allá de esta anécdota, desde 1958 que cayó Pérez Jiménez hasta la fecha, el 23 ha sido siempre un lugar socialmente efervescente. En 40 años de partidocracia, las cosas cambiaron para no cambiar. Las barriadas se convirtieron en graneros electorales y la clase política de la IV República, al paso de los años, en una mafia. Un periodo se turnaba el poder el Partido Demócrata Cristiano COPEI y otro periodo Acción Democrática. Uno tapaba al otro en sus negocios privados y dejaba sin alterar el sistema de corrupción, por el contrario: se servían de él. Así, hasta que en 1998 un personaje carismático que se había hecho popular por su intentona golpista en contra del desacreditado Carlos Andrés Pérez el 4 de febrero de 1992, ganó los comicios por representar una alternativa diferente a lo que políticamente la ciudadanía estaba acostumbrada. En el lapso de esos 40 años, el 23 adquirió la fama de ser un barrio bravo y combativo. Joaquín me cuenta que en la década de 1970 el gobierno decidió desarticular el activismo de los vecinos por medio de la venta de drogas, la policía metropolitana sería la encargada de distribuirla. Una situación idéntica, salvo por el contexto particular, sucedería en Estados Unidos por las mismas fechas; cuando la rebeldía juvenil y la oposición al conflicto bélico en Vietnam estaban en su máximo punto, el gobierno, a través de la CIA, decidió distribuir droga en los barrios negros de Los Ángeles. Uno de los grupos políticos que más guerra interna le daría a Nixon sería el Black Panther Party o las Panteras Negras; la CIA, viendo el grado de respuesta que había tenido la agrupación entre las comunidades afroamericanas, optó por distribuir droga en los barrios donde más apoyo tenía. Se logró neutralizarlos disgregando a sus simpatizantes gracias a la adicción que genera el consumo de drogas. Continuando con la amena entrevista, Joaquín me dice que la represión no sólo paró ahí; para él, parte de ésta fue la restricción educativa a la cual serían sometidos los venezolanos de menor escala social. A la larga, en suma a la caída de la calidad de vida que se viviría desde los 80, las universidades se volverían casi un lujo. Además de contar con un restrictivo control de ingreso, solamente aquellos que pudieran sostener el ritmo de exigencias económicas que implicaba estudiar en la Universidad podían ir a una.  Si algo le agradece la gente a la presente administración ha sido la posibilidad de ir a una Universidad y de completar su formación educativa en caso de que haya sido truncada. La alfabetización ha sido una especie de argumento legitimador a favor del gobierno.

No podía dejar de preguntarle a mi interrogado sobre el papel que jugó la parroquia el 27 de febrero de 1989, el día del “caracazo”. El segundo mandato de CAP, inspirado en los consejos de su amigo y homologo español Felipe González, abrió con el pie izquierdo. Los efectos sociales de la crisis del 83 aún estaban frescos, así que al anunciar el novísimo presidente la liberalización de precios (gasolina, leche y medicamentos, entre los más repudiados) y un fuerte ajuste fiscal en el presupuesto “sugerido” por el FMI, la respuesta no se hizo esperar. Inmediatamente después de haberse anunciado el paquete de medidas económicas, estalló una pueblada que inició en el conurbano caraqueño y que en pocas horas se extendió por todo el país. Dos días de saqueos, enfrentamientos directos con la policía y violencia incontrolable fue lo que se vivió en ese entonces. CAP ordenó el estado de sitio y la suspensión de garantías. La versión no oficial habla de más de mil muertos como resultado de la represión indiscriminada, hoy día nadie sabe con seguridad la cifra exacta. Joaquín declara que un buen contingente de personas salió ese día en desbandada, desde la zona del 23 rumbo a la ciudad. Los lugareños no tenían mucho que saquear dentro de la parroquia. La furia que provocó pagar un abrupto aumento de medicinas, alimentos y transporte público, los orilló a bajar a la ciudad desesperadamente y apoderarse de lo que les fuera útil para llenarse el estómago. De toda la memoria gráfica captada en esas dos desesperantes jornadas de violencia, la imagen que más impacto me provoca es la de un hombre que va cargando sobre sus hombros la pierna de una res. Al transcurrir los minutos prestó más atención a las interesantes palabras del entrevistado; por desgracia tengo que acortar la charla. El tiempo que se me viene encima y lo poco que queda de cinta en el casete me permiten que sólo le haga un cuestionamiento más. Como diríamos en buen mexicano: me lleva la chingada.

Le pregunto cómo se vivió el golpe de Estado contra Chávez el 11 de abril de 2002. Leyendo la desesperación de mi expresión facial por lo rápido que se iba consumiendo la cinta del casete responde de manera breve. Me cuenta que la gente se enteró de lo que ocurría pasándose la voz de casa en casa porque que las televisoras al ser cómplices de los golpistas no trasmitieron en vivo tan importantes hechos para la vida nacional; la organización del repudio contra Carmona y su camarilla usurpadora fue igual de rápida. El compañero Mao evitó que la situación desbordara en violencia y no permitió que hubiera rapiña entre la gente del 23.  En ese aspecto, la población respondió positivamente. Al día siguiente, el 12, fue cuestión de minutos, cuando la población se había comunicado entre sí y ya sabía lo que pasaba, para que volviera a salir en desbandada a las calles y rodeara el palacio presidencial de Miraflores gritando consignas contra los breves usuarios del lugar. La presión, el apoyo dentro de las fuerzas armadas hacia Chávez y el temor a que el país se desbordara en el caos, hicieron que los golpistas regresaran al presidente de la isla donde lo habían recluido. Convencido de lo que me dice, Joaquín está conciente de que si el presidente falla a su palabra o cambia el rumbo de la Revolución Bolivariana sabe que las masas ya están movilizadas y no se van a dejar. Tanto él como sus compañeros de lucha dentro y fuera del colectivo son simpatizantes críticos de Chávez. Lo aprecian por los beneficios tangibles que les ha dado a millones de venezolanos pero tampoco se ciegan y piensan aplaudir los errores tácticos e ideológicos que cometa. Tanto Joaquín como muchos otros, asumen que están ayudando a construir un proyecto de nación socialista y de neto carácter antiimperialista. Tal cual se lo afirman a quien le pregunte sobre las razones de su apoyo y compromiso con el proceso. No se puede negar, más allá de sus errores e imprudencias, que el chavismo ha sido el único proyecto que en tiempos de un neoliberalismo asolador en el mapa internacional ha criticado la autoridad imperial del Departamento de Estado norteamericano y del complejo militar-industrial que lo soporta. Las razones de enemistad por parte del ex-presidente español José María Aznar hacia Chávez, a propósito del escándalo que se armó hace unos días con el rey Juan Carlos, no son fortuitas; Chávez le vende petróleo barato a naciones como Haití o Nicaragua bajo condiciones de comercio justo. Eso las libera de vivir endrogadas de por vida con la banca española para comprar el energético. Por que otra cosa, que no sea dinero vil, los emblemas del poder financiero podrían odiar y sembrar mentiras respecto a lo que sucede en Venezuela. Concluyendo la entrevista final a lo largo de mi visita por el 23, me despido de Joaquín quien me deja sus datos de contacto para mantenerlos informados de lo que pase en México y viceversa. Lo que sea de cada quien, la charla fue de lo más entretenida y me deja ver lo bien informados y leídos que están los miembros del colectivo.

Me regreso a México pensando que lo atractivo del asunto fue observar la movilización y organización de la gente en torno a la vida pública. Hace un par de décadas, Venezuela era una nación devastada por la crisis económica de 1983 y con un gran número de profesionistas y empleados en paro laboral cuya meta era largarse a Miami para no volver; en ese momento, le salía más barato a la clase media hacer sus compras en el exterior que en cualquier ciudad céntrica del país. Actualmente, con todo y los problemas que hay en casa, la gente está más preocupada por el entorno general del país y la prueba está en los altos índices de participación electoral y política. Las posturas de adherencia pueden variar, desde aquel que dice a todo lo que haga Chávez hasta el que simpatiza con el proceso pero que toma sus distancias. Poco importa quien esté a la cabeza del proyecto, lo relevante es que la población tiene la disposición de movilizarse y defender los beneficios que le tocan de la renta petrolera. Me quedará para siempre en la cabeza las declaraciones de un hombre de 54 años que el día 4 de noviembre, en una de las aceras de avenida Bolívar, me dijo que el pueblo venezolano tiene la expectativa que quede quien quede en Miraflores después de Chávez, se respete la legislación social y los mínimos de bienestar y asistencia que la actual gestión dejaría por sentados. Ese será el mayor logro de la Revolución Bolivariana. Después de todo lo que he visto y escuchado en mi visita por Venezuela en estas dos semanas, termino por convencerme de que la idea posmoderna del fin de las ideologías o de que ya no hay otra opción frente a lo que ofrece el pensamiento único (“there is no alternative”, diría la ex-primer ministro británica lady Thatcher) se estrella contra la pared. Por lo menos, es un alivio saber que existe un modelo alternativo sociedad y de cultura política diferente al que propuso el Consenso de Washington a inicios de los 90.

 

Luis Ángel Cué Bellota.

Caracas, Venezuela, 17 de noviembre de 2007.

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Imagen: Marcha del 4 de noviembre en Caracas.

Luis Angel Cue Bellota.

Venezuela, 17 de noviembre de 2007.