|
|||||
|
Antes de que el presidente Fox llegara al Congreso de la Unión, los diputados perredistas cumplieron lo prometido: tomaron la Cámara con el propósito de no permitir al Ejecutivo dar su VI Informe de Gobierno. Al llegar Fox al recinto, con semblante sonriente y tranquilo, se le informó sobre lo sucedido en el interior. Finalmente, el Primer Mandatario decidió, ante el gran obstáculo que le representan hoy en día los miembros del Partido de la Revolución Democrática, retirarse del lugar, no sin antes dar una explicación de su partida. Más tarde, desde un lugar más seguro (la televisión), declaró a nivel nacional cómo se había faltado a la democracia y al derecho de estar informado, sólo por “unos cuantos”. Este día sería el decisivo. Fox podría haberse reivindicado con el pueblo, y ya de salida, quitarse la máscara de poder que lo ciega para entregarse a la gente, a lo que era su prioridad antes de llegar a la silla presidencial. Por supuesto, ni en una escena más utópica que esta, podemos imaginar a Fox hacerlo. Pero los tres segundos del idealismo mexicano todavía existen en muchos compatriotas. Después de los tres segundos, de regreso a la realidad. Era de esperarse: Fox no podría. Nunca pudo. El acontecimiento seguía la lógica de este sexenio: al primer síntoma de peligro mínimo (o máximo), declinaría. Así lo hizo y no sorprendió. La figura presidencial del sexenio 2000-2006 quedó totalmente enterrada en el cementerio de la denigración con este suceso. Entre los mexicanos se siente la desesperación, el enojo y la confusión. Entre los mexicanos necesita haber una figura presidencial que exista, firme y con presencia. El próximo presidente tiene un reto: no sólo tendrá que construir esa imagen otra vez desde los cimientos, sino que tendrá que empezar por limpiar la maleza que emana del terreno, la mala hierba que, precisamente “unos cuantos” se han encargado de sembrar en la nación.
Sandra Murillo Paz libertadexpresa@gmail.com |
|
||||