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Poder, contrapoder y no poder
x Profesor J - [23.10.04 - 23:43]
Hay dos planos en el tema del poder: su ejercicio y su discusión.
Hay dos planos en el tema del poder: su ejercicio y su discusión. Normalmente los que trabajan el concepto es porque lo practican o aspiran a él, por lo que críticos y no críticos coinciden en que de una u otra forma resulta válida alguna modalidad del poder, y ambos concuerdan en que se trata del uso del Estado como instrumento para su ejercicio, de allí que se habla de toma del poder cuando se refieren al control del aparato estatal. El reformismo camufla ese concepto y los revolucionarios lo usan a diario, en ocasiones llamándolo de asalto al poder. Bastantes ángulos del asunto fueron desnudados en el debate entre John Holloway y Atilio Borón, al que nos remitimos.
A diferencia del reformismo, en el campo revolucionario no se entiende la toma del poder como el acceso progresivo y aliancista a la máquina del Estado, sino que se habla de construcción del poder popular o contrapoder, a veces poder dual o paralelo o doble poder. Ahí encontramos dos visiones: los que consideran que se trata de fuerza social y material para la toma del poder en la forma de ocupación del Estado, y los que piensan que es la forma de desarrollar el no poder, esto es, relaciones económicas y sociales de no propiedad, sin clases, gobierno, partidos y estado.
La polémica se instala histórica e ideológicamente, aunque sin continuidad analítica sino que su acceso se sostiene en elementos de la arqueología del saber, en el Egipto imperial con las constantes pugnas entre los mosaicos, más organizados que los demás en base a la continuidad férrea de la estructura patriarcal predominante dentro de la identidad tribal, y los hapirus, que eran el resultado de la suma de los esclavos y demás capas pobres y oprimidas egipcias con los cientos de miles, si no millones, de seres traídos de otras regiones. Los hapirus se levantaban en sangrientas batallas y planteaban la destrucción del aparato que los dominaba, sin más anhelo que respirar la libertad, en tanto los mosaicos, sólidamente dominados por sus patriarcas, programaban la reinstalación de su comunidad en otros territorios. La salida intempestiva de los patriarcas con sus columnas tribales en un orden y disciplina envidiables para cualquier estratega de las guerras modernas, arrastró tras de si a una gran cantidad de hapirus poco dispuestos a quedar a merced de la furia del faraón. En la región del Sinaí los mosaicos adoptaron la ideología de los adoradores de Jehová, como forma adecuada de darle un sello moral y argumentativo al ejercicio del poder, que demoró 200 años en estructurarse como estado bajo el reinado unitario de Saul. Por eso el Deuteronomio, las leyes de Jehová, no era más que el conjunto de normas jurídicas que intentaban mediar los conflictos internos y los producidos entre mosaicos y hapirus, que continuaron acusándose unos a otros de rebeldes, herejes, adoradores de estatuas, etc. Posteriormente el Deuteronomio quedó sólo como denominación de uno de los libros bíblicos, serie cuyo inicio hace énfasis en que del caos deviene el orden y la dominica potestas (como se le llamará posteriormente en la Lex romana) –poder señorial- que cuida de dicho orden, lo que llevado al plano de la epistemología nos dice que hay que entender el mundo como sometido a leyes.
Así, poder e ideología van juntos, por lo que la idea del no poder es al mismo tiempo la ruptura con toda ideología.
El conjunto de ideas sistematizadas del comunismo nos explica la no propiedad y el anarquismo nos explica el no gobierno, con lo que ambas concepciones dan cuenta de partes del problema que nos ocupa, manteniendo la dicotomía entre el pensar y el vivir, donde vivir el pensamiento se convierte en una racionalidad instrumental y pensar lo que se vive resulta ser una actividad elitista. Los primeros irracionalistas modernos, hartados del abuso de la racionalidad, destacan el mundo de la vida, donde los existencialistas consiguen poner el dedo en la llaga y llamar la atención, sin arribar, como tampoco el psicoanálisis, el surrealismo y el dadaísmo, ni aún el pensamiento pop o el situacionismo, a la médula o punto de inflexión donde es posible separar aguas para una actividad epistemológica y social de carácter emancipatorio en si mismo y no sólo en su voluntad teleológica.
Esa disposición teleológica, en pos de un objetivo diseñado previamente, es una de las bases de las ideologías: darle una razón o una meta al ser y estar en el mundo, cuestión que sólo puede hacerse por vías lógico-racionales, con lo que las personas son capturadas e incorporadas como perlas de un collar según la capacidad de argumentación del emisor o fuente de la idea. Habermas pretendió torpemente, haciendo una elipse con la racionalidad instrumental hacia lo que llamó racionalidad procedimental, erigir su acción comunicativa donde debemos enlazarnos vía argumentativa para descolonizar el mundo de la vida de los subsistemas del poder y del dinero que nos dominan. Las ideologías religiosas hacen lo mismo introduciendo en la mente de los niños la pregunta de “para qué” estamos en el mundo, cuestión imposible de imaginar para una flor, un ave o un pez, por lo que se usa y abusa de la capacidad racional para introyectar el anhelo finalístico: un fin a alcanzar, el cielo en este caso, o la utopía de Tomás Moro, que es el cielo en la tierra basado en la religiosidad de los ateos, que se deslumbran con el Big Bang como “origen” del Universo.
De esa manera la toma del poder resulta ser una acción finalística donde los futuros administradores engarzan perla tras perla el collar del partido o de los prosélitos, collar que engalanará el cuello estrangulado del movimiento social hasta la total ausencia de aire.
Los proyectos de convenciones sociales, o el pacto social, se refieren al anudamiento de voluntades, la racionalidad entretejida en acuerdos, las lógicas encontradas e identificadas en el plano intersubjetivo actual y finalístico, con lo que se mantiene la separación artificial -estructural- de los cuerpos, para que nuestras comunicaciones sean estrictamente discursivas y el cuerpo a cuerpo quede solamente para la intimidad, como parte de la reproducción de la ideología de la propiedad privada y excluyente del cuerpo del otro.
Lo importante para el poder es que la pregunta siga siendo el para qué, ya que si la abandonamos para preguntarnos el por qué estamos en este mundo, podrían surgir respuestas incómodas, ya que el auto-conocimiento implica un viaje extraordinario hacia nosotros mismos y hacia las relaciones con los demás, y de allí a descubrir que nos tienen dentro del horno hay un paso. La vacuidad del poder queda al desnudo.
Seguiremos hincando el diente en el asunto.
Profesor J
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PODER, CONTRAPODER Y NO PODER (II) El deseo carnal y la dominación social
x Profesor J - [ 08.11.04 - 03:06 ]
El contexto de la dominación social no es posible abordarlo (y menos atacarlo) con la permisibilidad de un comportamiento de nuestros cuerpos acorde con las necesidades del poder. Cuando nuestros cuerpos y el contacto con los otros cuerpos funcione de manera liberadora, creadora, plena (o al menos discutiendo, criticando, superando, cayendo, levantándose, practicando, corrigiendo, en fin, hay que planteárselo, no dejarlo), podremos no sólo verificar que las nuevas relaciones sociales son superiores a las viejas, sino defenderlas.
La racionalidad instrumental de la ideología burguesa y de la ideología proletaria se adecuan al desarrollo mecanicista o determinista de las fuerzas productivas, en especial su actual nivel de desarrollo, cada vez más tecnificado y concentrado, mientras la población paupérrima crece proporcionalmente a un ritmo mayor y su contención se asegure desenvolviendo de manera más sofisticada la sociedad de control.
Los oponentes en la dialéctica del capital desarrollan cada uno sus mecanismos de organización, disciplina y control, disputándose la clientela, instalando empresas, ONGs, partidos y otras instituciones desde las cuales suman seguidores que, por su vez, son preparados para ganar, reclutar y organizar otros, siguiendo la estructura y dinámicas del Estado, aparato que debe garantizar no sólo el control, sino la represión.
Ninguna de las dos opciones, por lo tanto, aborda el problema de fondo: la estructura patriarcal y las relaciones verticales, autoritarias y utilitarias entre las personas. El fracaso de los estados llamados socialistas ha desembocado en que la mayoría de sus seguidores bajen las banderas y asuman un discurso y un accionar socialdemócratas, con lo que subordinan sus programas a las corrientes burguesas que dicen representar un sector casi inexistente del capital: las burguesías nacionales y el pretendido potencial de generar márgenes de ganancia que puedan ser distribuidos al mejor estilo del estado de bienestar keynesiano. Esa y no otra es la estrategia Lula-Kirchner-Tavaré, una estrategia de humanización del capitalismo, por lo tanto de su defensa ante la ofensiva de las multitudes insatisfechas que deben ser disciplinadas a las necesidades de continuidad del Estado.
Después de los estancamientos y retrocesos en Brasil y Argentina por el establecimiento de cierta paz social con ilusorias medidas populistas que sólo han servido para enganchar incautos, poco a poco se afirman modalidades de autoorganización local en los más variados territorios que no se quedan en las pequeñas islas autogestionarias que critican los reformistas, ansiosos de cooptar a esa gente, sino que son capaces de encontrarse y actuar juntos en la resistencia desde la diversidad, como en Argentina y Bolivia, donde lentamente se configura un territorio social no adscrito a las pugnas por el poder, aunque no exento de contradicciones internas, en especial por el peso de las ideologías y los proyectos pre-establecidos. Lo mismo sucede en México, Ecuador, Perú, República Dominicana y, últimamente, Chile, donde ha ido surgiendo un potente movimiento que sin articulación crece en la forma de colectivos y dinámicas autónomas barriales y locales. El potencial, digamos la latencia, de la autoorganización en este país se acrecienta cada vez más, como lo indica el aumento de las cifras de los no inscritos en los registros electorales, que van por los dos millones y medio, la abstención, que alcanzó casi un millón de personas, y los votos blancos y nulos, que también casi llegan al millón. Todo un territorio social que no acepta el Estado como órgano regulador de sus vidas.
Es en estos territorios donde germina la autoorganización y sus plazos, contenidos o modalidades no dependen de la acción de los intelectuales, colectivos o individuales, y menos de la racionalidad instrumental de los proyectos y estrategias, sino de cómo se desarrollan los vínculos internos, de las personas, de los cuerpos, en la configuración de un nuevo ser social, que es viejo, pero ha sido disgregado por la acción vertical patriarcal y autoritaria, estructural y funcional.
Por eso, en esta continuación del tema del poder, nos ha parecido importante abordar algo el comportamiento de los cuerpos en la sociedad de control de las personas separadas, y sus posibilidades en las prácticas de encuentro y autoorganización social autónoma en las localidades.
El deseo carnal es biológico, obviamente, aunque se condiciona por la cultura impuesta, que no se refiere sólo a los contenidos de ella, sino también a las prácticas, muchas veces no sistematizadas por el raciocinio y otras ni tan siquiera percibidas por la conciencia. Esta sociedad promueve el deseo de la libido en función de la penetración, esto es, la actividad que puede asegurar que el propietario del pene, el hombre, pueda engendrar un sucesor y asegurar la dependencia, voluntaria o no, de la mujer. El placer debe obtenerse por vía de la acción masculina en el interior fértil de la mujer. Los otros placeres son estigmatizados y enviados al underground, a la clandestinidad de la sociedad hipócrita de la doble moral. Por ejemplo, el hombre que critica a un homosexual por el sólo hecho de serlo, defiende sin saberlo esa cultura.
El macho teme la competencia del que puede dar más satisfacción a su compañera, y ella teme la fragilidad de él de salir corriendo detrás de un par de piernas que prometen un jugoso bocado. La mutua desconfianza está establecida. El recelo y las argucias se instalan en los comportamientos reforzando el utilitarismo de la cultura mercantil que permea la sociedad, donde se trata de extraer el máximo beneficio del otro, sea en la economía formal o en la informal.
Las encuestas e investigaciones muestran que la gran mayoría de los hombres eyaculan a los dos minutos, o menos, de la penetración, y se dice que se trata de problemas sicológicos, inseguridad, complejos, etc, lo que siendo real, es falso por incompleto, puesto que se refiere a un comportamiento cultural generalizado, donde el afecto y la ternura ocupan un lugar muy secundario (cuando están presentes) y debe suplirse con caricias preparatorias que consigan demorar la eyaculación masculina y dar tiempo para preparar el orgasmo femenino, o sea, la racionalidad instrumental en la cama (o en la orilla del río), en vez de volar hacia los infinitos confines del placer.
La ternura, el cariño, en fin, el afecto, son prácticas vedadas en lo social y sólo deben manifestarse en la cama, donde lógicamente no podrá hacerse por la ausencia de una práctica social asentadora de dichos comportamientos. El individualismo, el egoísmo, la ambición, etc. Son los valores y comportamientos generalizados y funcionales a la sociedad de personas separadas y sometidas, a las cuales sólo se las quiere “organizar” en múltiples actividades donde no puedan tocarse, respetando reglas, adoptando la disciplina y el orden del policiamiento, control y dirección del propio cuerpo, cosa que comienza a homogeneizarse en la escuela con los famosos “quédate quieto”, “cállate, no hables”, mira hacia delante”, en fin, el adoctrinamiento del ser sumiso a las órdenes y a los argumentos del más fuerte o del más listo.
El macho es impulsado a ejercitar el poder en la cama, el poder que le otorga el ser propietario del instrumento del placer, y la mujer es impulsada a agarrarse desesperadamente para conseguir el orgasmo en el poco tiempo que le otorgan (o a fingirlo).
La práctica social de la horizontalidad asamblearia entre muchos en un barrio o localidad no puede ser una lucha de competencia o de imposición de las ideas previamente diseñadas, sino la construcción conjunta de formas de vida, decisiones, tareas, actividades, resolución de necesidades, cuidado de los niños, en fin, de manera de establecer el marco necesario del respeto, la valoración del otro, el afecto, las ganas de estar juntos, la ternura la identificación, etc.
Ello permitirá que cuando vayamos a la cama, podamos mirarnos profundamente a los ojos y explorar nuestros cuerpos con la yema de los dedos o con cualquiera de nuestras partes, aprendiendo a conocer las sensaciones del contacto afectivo, ya no sólo carnal en pos de la expansión de la libido para alcanzar el orgasmo, sino para ver y entrar en el corazón de la persona que tenemos al lado, reconocer a alguien ansioso de cariño más que de penetración, volver a ser los niños que juegan con otros, que se tocan investigando los misterios del cuerpo, hacernos cosquillas, reir y reir, volar y soñar. No más la cama como un restaurante al paso, no más la asamblea como espacio de competencia y de estrictas subjetividades. No más la cama como ejercicio de poder, no más la asamblea como ejercicio de poder. No más la cama como expresión de egoísmo, no más la asamblea como expresión de egoísmo. Veamos en la asamblea hacia donde van los pensamientos y los sentimientos de los otros. Veamos en la cama hacia donde van los pensamientos y los sentimientos de nuestra,o compañero,a.
Así, cuando volvamos de las batallas, podemos abrazarnos victoriosos en la cama (o a la orilla del río), llenos del cariño de los otros, llenos del respeto de los otros, llenos de la confianza de los otros. Los problemas, complejos, traumas e inseguridades se irán al carajo y nos moriremos de risa.
Al menos podemos intentarlo.
Seguiremos.
Profesor J
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Poder, contrapoder y no poder (3): La domesticación
x Profesor J - [ 31.12.04 - 05:36 ]
Poder, contrapoder y no poder (3): La domesticación
Profesor J
Domesticar viene de “domos”, palabra latina que significa residencia, casa, de allí las palabras domicilio y doméstico, donde esta última denota subordinación al domos, el lugar donde habitat la familia del patriarca, que ejerce la “domínica potestas”, potestad o atributo de señorío. Familia significa conjunto de “fámulus” (Nota: el latín no lleva acentos, los que aquí aparecen son míos para graficar la sonoridad), que eran los siervos o esclavos, y que incluía también a la mujer, los hijos y parientes en el espacio de la unidad reproductiva que garantizaba la continuidad de la unidad productiva, agraria, ganadera, artesanal o comercial, exclusividad del macho que portaba y utilizaba los instrumentos, constituyendo su fuerza física la base de su autoridad (poder) sobre los fámulus. La organización de la propiedad y de la familia hicieron desarrollar las reglas del juego impuestas por los patriarcas: el derecho de familia y el derecho de propiedad, llamados en su conjunto el derecho civil, de la “civis”, el lugar donde habitaban y el orden que se imponía al conjunto de las unidades productivas y las familias. La fundación de Roma fue un acto cívico, de civilidad, de donde viene “civilización”, la modalidad de articularse el poder y las relaciones jurídicas en torno a la propiedad y su complemento, la familia, estructura básica de la sociedad patriarcal.
Así civilizar y domesticar son lo mismo: prácticas de sometimiento vía imposición de poder, se domestica a los siervos y se civiliza a comunidades, de domestica a los que dependen del patriarca y se civiliza a los que dependen o van a depender del conjunto de estos patriarcas, coludidos por el interés común, de ellos, obviamente, no con los siervos, con los que no había nada en común, a no ser la condición de bípedos que debían inclinarse sin mirar a los ojos de la autoridad, rindiendo pleitesía. Las misas y demás ritos religiosos son práctica de lo mismo con una connotación ideológica, donde una figura simbólica de universalización del patriarca lo sustituye para reproducir los actos del sometimiento en forma de autosugestión inducida por la construcción cultural de la imagen patriarcal: el dios, el padre de todos los padres, la punta de la pirámide del poder, o mejor, la representación del poder como sinónimo de bondad, mientras que el que se rebelase sufriría las penas del fuego eterno junto a aquella expresión de la maldad: el demonio, figura mítica del que se había rebelado contra el gran patriarca y por eso es feo, rastrero, mentiroso y huele mal, en fin las tiene todas. Por eso las religiones y las iglesias son tan enfáticas en el cuidado del patriarca y de la “armonía” en la familia. Justifican la domesticación.
La civilización la argumentan los partidos, que, en vez de cielo, prometen el Leviatán o la Utopía, junto a los aparatos armados, encargados de darle palo y balas a los que merecen el infierno, a los malos. Por eso no es de extrañar que los grupos enviados por los conjuntos de patriarcas se llamasen “partidas” y tenían como misión extender la civilización. En Abya Yala, nuestro continente, los invasores se repartían los grupos de prisioneros en la forma de “encomienda” para educarlos, o sea, domesticarlos, y así hacerlos aptos para aceptar vivir sometidos al nuevo orden: la civilización, palabra que siempre se utilizó casi como sinónimo de progreso o evolución y, en la medida que crecían los reinados y los imperios, se habla de la civilzación china, egipcia, azteca, romana o también occidental, escondiendo los ríos de sangre arrojados por los oprimidos como lava de volcán en erupción.
Maquiavelo fue el genio de la civilización, algo así como Von Klausewitz lo fue para la guerra, hay que leer con atención sus escritos para ver allí como se organiza y administra el poder de la civilidad, aunque los guerreristas son lo mismo, pues la guerra es una de las formas de hacer política, y el mismo Maquiavelo escribió «El arte de la guerra» (1519). A pesar de todo ello, o quizás por ello, fue llamado humanista, se le considera el fundador ideológico del Estado moderno y se le ha llamado, no sin razón, el primer clásico moderno en asuntos militares. De qué nos extrañamos si las tropas entran en acción (bien domesticados, dicho sea de paso) cuando los partidos no consiguen ideologizar convenciendo a los oprimidos de las bondades de la utopía que vendrá ... Total para qué preocuparse, si después de muertos vamos al cielo donde seremos felices a los pies del trono ... hay que ser... Así el cielo y la utopía se apoyan mutuamente para ofrecer continuidad de la vida después de la muerte, por lo que tanto da si no vivimos felices y andamos como Job por la vida. Cuantas generaciones han muerto en pos de la utopía mientras los partidos administran el poder.
¡Cuan estúpidos hemos sido!
El niño viene salvaje al mundo, esto es, en su condición natural, y la familia es la encargada de domesticarlo para que se ajuste a la civilidad. El “pater familias” es la autoridad máxima y la “mater” su segundo al mando que, sin saberlo, canaliza su afecto tranquilizando al retoño golpeado, como el palo y la zanahoria del burro, como el interrogador bueno y el malo, como el profesor maldito tal por cual y la bondadosa profesora llena de ternura. Asquerosas modalidades de desviar y canalizar las sensibilidades naturales -salvajes- hacia la práctica de la domesticación, como los curas que portaban la cruz junto a los disparos de los arcabuces que sesgaban la vida de las gentes de Abya Yala. Es decir que las propias sensibilidades se domestican también, se civilizan, se orientan hacia el bien, el orden social, cuestionando el mal, la vieja e inagotable rebeldía.
Luego el niño es introducido en la escuela, algunos lloran y patalean para que los saquen de allí, pero las profesoras los disfrazan de conejos y les doran la pídora de que ahí se pasa bien, en ese centro de homogenización de los comportamientos domesticados, de civilización, para que el salvaje pueda ser un pacífico y bobalicón miembro de la sociedad civil que sólo sale a la calle cuando llaman los pastores y las vanguardias, previa autorización de los gobernadores, a adorar la santa tal o cual o hacer la genuflexión ante las urnas de la civilización, donde queman su libertad, como el sacrificio del altar. Todo sea por el cielo, digo, la utopía, bueno ... en fin, la misma cosa: el futuro diseñado a la perfección, la que nunca alcanzamos hoy, pues estamos previamente jodidos y debemos entregarnos a los pastores y a los políticos, encargados, según dicen, de arreglar los asuntos divinos y terrenales.
¡Vaya pícaros ellos!
¡Vaya imbéciles nosotros!
Hay que volver al estado de salvajes, a lo natural, lo espontáneo, a la libertad, pero no por las vías que nos pintan los gobernantes y poderosos ni los que aspiran a la toma del poder, sino por el camino inverso, distanciándonos de los que disputan el trono.
No más poder. Ni la imaginación al poder. Sacarnos el poder de encima y de dentro es disfrutar el sol de la mañana, estirar las manos hacia el infinito y mirar profundamente a los ojos de los otros, tan profundamente que entremos en ellos y morir nuestro yo para renacer el nosotros, como el ave Fénix, renacer de las cenizas de la civilización para recuperar el estado salvaje, acabar con la diferencia entre patriarcas y siervos, que no tienen nada en común, volver a lo común, a la comunidad.
Y eso es lo más fácil del mundo, es sólo abrir la puerta del domos, salir y mirarlo con asco, luego llamar a los vecinos, hacer una fiesta en la calle y quedarse allí a vivir con ellos para siempre. En vez de vivir como portador de la dominica potestas en el domos, emita un decreto de extinción y con los otros ex-patriarcas reconstruya lo común. Verá como los niños sonríen más y las señoras mirarán con sorpresa y ternura, otra ternura, no más la del papel de género que usted reproduce como macho patriarca.
Nada pierde con probar, a lo más será apuntado con el dedo y algunos se reirán en su cara, pero nada sustituye la sonrisa de los niños y la mirada dulce de la mujer.
Seguimos con elementos de la historia del no poder.
Profesor J
30 de diciembre de 2004
PD. Feliz año nuevo. Que este año 2005 sea el año de su decisión de destruir su propio domos, no le diga a los demás que lo hagan, deje que lo vean y que las señoras hablen entre ellas, pues por ahí circulará el aliento emancipador. Deje que los niños se encarguen de mostrar que es posible la vida salvaje.
¡Ah!
Y si alguien me pregunta como estamos por casa, le diré que no tengo donde vivir y habito por tiempos en casa de mi madre o de compañeros, hasta ver como construyo mi nido donde no estará presa mi paloma, sino que vendrá desplegando sus alas cuando quiera verme. Ella se llama Victoria y los dos, cada uno por su lado, nos pasamos arrojando semillas al viento.
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